EXTRAÑA BELLEZA
El niño tendría algo menos de cuatro años y el pelo revuelto y ensortijado. Sus ojitos oscuros y vivaces se perdían en el infinito. Su pequeña boca sonrosada describía un arco de curiosidad pueril, inocente pero algo resabiada.
Las rodillas estaban llenas de pequeños cortes, algo típico de los críos de su edad. Debía ser bastante travieso. La inquietud parecía apoderarse de su estampa de chiquillo moderadamente rebelde.
Sin embargo, en una actitud que desmentía su aire de independencia, no había dejado de abrazar la pierna de su compañera.
La chica era otra cosa, desde luego.
Con toda probabilidad era su hermana mayor. Se podían reconocer ciertos rasgos comunes, pero ahí acababa el parecido. Su mirada era más dura, sin dejar de retener cierta dulzura incomprensible, y sobre todo inexplicable, en su interior.
Era difícil aventurar su edad. Su rostro aparentaba ser el de una típica adolescente, pero su cuerpo era el de toda una mujer.
Su piel era trigueña pero ligeramente brillante, sus caderas bien marcadas y redondas, sus brazos -fuertes y delicados a un tiempo- rodeaban al niño como queriendo sustraerlo de su entorno. Sus pechos se adivinaban turgentes bajo la blusa de color parduzco que llevaba, la misma que dejaba entrever un delicioso ombligo por el que más de un Ricardo III hubiera dado su reino. Las piernas estaban ligeramente flexionadas, como si soportaran el resto de su imponente figura con desgana. Y bajo el arco de su nariz, sus labios carnosos, se mantenían entreabiertos, levemente cubiertos por una capa de la tierra rojiza que tanto abundaba alrededor de ellos. Era tan terrenal como infinitamente sensual.
Se sintió avergonzado ante su propia excitación. Temía que el niño se percatara de la lascivia que había tras el objetivo de aquella cámara. Pero sabía que eso nunca ocurriría.
Bajó la cámara y se atrevió a mirarles a los ojos, sin que ninguna herramienta se interpusiera entre ellos.
Se encontraba desnudo y sucio, pero no por su deseo. Eso era algo natural. Su suciedad estaba más adentro, en su conciencia.
- ¿Vas a hacer la foto de una puta vez o qué? No tengo todo el día.
Miró con perplejidad a su colega. Lo sentía más ajeno a él que nunca.
- No puedo... no está bien...
- ¿No está bien? ¿Y ahora me lo dices? ¡Pero si has hecho miles de fotos así antes!
- No de ellos dos... Son diferentes. ¡Bueno, no lo son, pero lo soy yo! Me parece distinto ahora...
- ¡Maldita sea! Sube al coche y vámonos de aquí entonces. Van a regresar de un momento a otro.
Se alejaron a toda velocidad sin dirigirse la palabra durante más de diez minutos, ¿o fueron veinte?
¿Quién sabe?
Peor aún.
¿Quién puede decir que sabe?
Su redactor intentó iniciar la conversación una vez más.
- Un cadáver es un cadáver. Haces las fotos y te vas. A estas alturas no tendría que decirte estas cosas.
- A lo mejor me estoy haciendo viejo.
Lo dijo sin convicción. Le parecía como si por primera vez en su vida hubiera abierto los ojos.
Escucharon los silbidos de los F-16 acercándose mientras abandonaban el perímetro.
Anochecía ya en Beirut cuando llegaron al hotel.

yeyo dijo
¡Dios mío! Otra vez. ¡Que cabrón! ¡Qué bueno!
Cuando he visto muchas fotos de ese estilo, me he preguntado en la conciencia del fotógrafo, de su verdadera implicación con el problema, etc... Agradezco a muchos de ellos el poder que nos dan para ver la auténtica y humana realidad, pero no cuando se hacen burgueses y "fotógrafos de renombre" sin seguir aportando su pequeño granito de arena para que nadie más pueda realizar -nunca-nunca más una foto así; y no por acotar la libertad de expresión ni nada por el estilo, sino por no tener ninguna escena "real" como esa que poder fotografiar.
Soy utópico, lo sé...
27 Julio 2006 | 05:04 PM