NADA DE PARTICULAR

El segundo le alcanzó en el pecho, dándole el tiempo justo para que su agonizante cerebro enviara una última orden a su mano derecha. Esta se cerró firmemente en torno al objeto que había precipitado su muerte. Los guardaespaldas rodearon el cuerpo y se dispusieron a registrarlo. En el jardín reinaba el silencio más absoluto. Habían empleado silenciadores.
Desde el exterior del recinto amurallado, aquella noche no parecía tener nada de particular.
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La visita de don Evaristo Iturralde no dejaba de ser rutinaria. Era, sencillamente, uno de esos clientes de privilegio del banco. Como otros miembros de la antigua oligarquía, cuyas familias habían sabido sobrevivir -en una posición envidiable- a más gobiernos de los que convenía recordar. Incluso en los tiempos de Velasco se las arreglaron para nadar y guardar la ropa. Siempre lo suficientemente cerca del poder como para garantizarse las comisiones y prebendas pertinentes. Siempre lo suficientemente lejos como para poder evitar las salpicaduras de sangre y corrupción que acompañaban cada caída.
Carlos sabía tratar con tiburones como don Evaristo. Su director decía que tenía don de gentes. Él creía que bastaba con ser profesional y educado. Aquellos que habían amasado su fortuna explotando la ineficacia del sistema agradecían, en cambio, su aptitud y diligencia. Una paradoja más en una ciudad repleta de ellas. Los viejos palacios que se alzaban aún orgullosos en la antaño llamada “ciudad jardín” se alternaban con infraviviendas propias de un tugurio. Y esa maldita humedad, esas omnipresentes nubes bajas parecían querer recordar a los ciudadanos su condición de eternos desposeídos, sin más aspiraciones que la de escapar a la miseria, un mes más.
Sin embargo, ni todos sus años de experiencia le habían preparado para entender el extraño ingenio financiero de su esposa. En los escasos tiempos muertos de que disponía a lo largo de su interminable jornada laboral, jugueteaba con el regalo que María le había hecho por su último aniversario. Había transcurrido más de un mes desde entonces y aún no había sido capaz de deducir de dónde había podido ahorrar lo suficiente para comprarle una pluma de oro de auténtico lujo.
No se cansaba de repetirle que le bastaba con su presencia reconfortante para ser feliz. Pero ella siempre encontraba una nueva manera de sorprenderle. Había halagado su minúsculo ego de contable con aquel presente.
Se sabía víctima de la paciente campaña diaria de María en contra de la rutina, del abandono, de la costumbre… Y sabía que, por culpa de ese empecinamiento, no podía evitar amarla.
Entretenido en estas cuestiones estaba cuando don Evaristo se acercó hasta su mesa, rodeado por un nutrido grupo de gorilas que parecían encontrar algún placer malsano en restregarle al resto del mundo su condición de esbirros armados. Carlos atendió de inmediato a su ilustre cliente, sin dejar de reparar en el notable aumento del número de guardaespaldas del señor Iturralde.
- Se ha dado cuenta, ¿verdad? –dijo don Evaristo con voz cansada.
- ¿Perdón? ¿Decía usted don…?
- No he podido evitar percatarme de su sorpresa. –interrumpió Iturralde con afables maneras y una voz susurrante- Sí. Cada día llevo más protección. Son los malditos terrucos. Me envían amenazas desde hace años, pero hoy día están por todas partes. Mientras eran una cuadrilla de cholos de mierda no me preocupé demasiado. Ahora campan a sus anchas por la capital. ¡Imagínese! Mi médico me ha ordenado que deje de leer los diarios. Soy hipertenso y cualquier día sus atrocidades me mandarán al otro barrio sin tocarme siquiera.
- Lo lamento… -dijo Carlos, incapaz de reaccionar ante las confidencias de aquel prepotente. Un engreído, que conocía mejor Miami que cualquiera de los pueblos de la sierra exprimidos en su beneficio, se atrevía a definir la realidad nacional en dos frases y a lamentarse amargamente. Era el colmo del cinismo.
- No se preocupe. Todos tenemos que cargar con nuestra cruz. La suya, como siempre, es explicarme todo este mar de papeles ja, ja, ja…
La leve carcajada sonó grotesca en la mente de Carlos, que optó por volver a su papel de profesional de la banca y fue recuperando aplomo mientras explicaba cada pequeño detalle con infinita paciencia. Al terminar, cedió su flamante pluma a don Evaristo para que procediera a firmar.
¿Cómo era posible que gente así siguiera rigiendo los destinos –más bien desatinos- de todo un país, desde sus fortalezas residenciales? Seguían, tan ufanos como de costumbre, enviando a sus cómplices del momento invitaciones para obscenos “almuerzos de trabajo”, mientras él recorría el jirón de La Unión en busca de un chifa decente donde poder comer rápidamente, antes de regresar al banco.
Conocía de paporreta los motivos. Su estirpe estaba marcada a fuego por aquella genealogía del fracaso que le daba la razón, pero no los dólares suficientes para hacerla valer.
Ensimismado en sus hirientes certezas, apenas pudo reaccionar a tiempo cuando observó que don Evaristo guardaba su pluma en el bolsillo interior de la chaqueta.
- Disculpe, ¿me permite mi pluma? – se atrevió a decir esbozando la sonrisa servil que le ubicaba en la orilla de los perdedores.
- Pero Carlos, ¿tanto trabajo tiene ya que se le ha oscurecido el entendimiento? –esgrimió Iturralde con nada disimulado disgusto- ¿Cree que no reconozco mi propia pluma?
Sintió los ojos del director clavarse en su nuca. En treinta años de trabajo jamás había atraído tanta atención sobre sí mismo. Quedó paralizado en la silla, hundido en el mar de su propia insignificancia, mientras don Evaristo se levantaba y le recomendaba cordialmente que se tomara unas vacaciones.
Ni siquiera fue capaz de acompañarle hasta la puerta como acostumbraba.
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La primera semana no pareció darse cuenta, pero una tarde, pasados quince días desde el incidente, la encontró llorando junto al teléfono del dormitorio y, por absurdo respeto, no se atrevió a cruzar el umbral.
Hablaba, entre sollozos, con su amiga Lucía. Podía reconocer su voz chillona al otro lado de la línea.
- Jamás perdería una cosa así…. Lo conozco demasiado bien… Te digo que ha encontrado a otra. No… No… Mi Carlos jamás dejaría que le robasen un regalo de aniversario… Es mi culpa… No he sabido mantenerme joven. Y él todavía tiene su planta… Seguro que… -no pudo terminar la frase- Ay, Lucy… él es toda mi vida… ¿Qué voy a hacer si no me quiere a su lado...?
Carlos volvió sobre sus pasos como un pulgarcito humillado por su propia sombra. Alcanzó la calle titubeando y vagó durante horas por las calles atestadas. A punto estuvo de ser atropellado por una combi cerca de Sucre. Una mezcla de culpa y vergüenza le hizo arrastrarse hasta Barranco y allí permaneció mientras anochecía. Con el Pacífico como único testigo de su impotencia.
Consideró las opciones posibles.
Hablar con don Evaristo era impensable. Sería su ruina y le convertiría en el hazmerreír de sus compañeros.
Contarle la verdad a María sería aún peor. Reconocer ante aquellos ojos tiernos y profundos su única miseria.
Su pobreza moral.
¿Qué clase de hombre habría dejado que le ocurriera eso?
Sabía Dios los sacrificios que tenía que haber hecho ella para comprar aquella pluma. Con aquel mismo instrumento había desgarrado el corazón de la única persona que aún creía en él.
Llegó a la conclusión de que había una única salida posible. Un único remedio digno en ese mundo de indignidad que había creado a su alrededor. El hedor de su cobardía impregnaba hasta la marea.
Tenía que sacudírselo de encima.
Tomó un taxi hasta La Molina. Conocía la residencia de don Evaristo porque el banco le había enviado allí una mañana en que, convaleciente de una leve gripe, este se había sentido indispuesto para ir directamente a la oficina.
Sabía incluso el camino más corto hasta el despacho y el cajón donde guardaba sus plumas el viejo truhán.
Rodeó la cuadra varias veces antes de encontrar un punto muerto para las cámaras de seguridad.
Se infundió valor recordando la conversación telefónica de María.
Recordó también cuando, con veinte años y todo el futuro por delante, el único futuro que le importaba era el que albergaba aquella sonrisa pícara e inocente, aquellas caderas de chocolate, aquellos hoyuelos sensuales y aniñados.
Tomó aliento.
El mismo que habían compartido cada día durante tres décadas.
Cogió carrerilla.
La misma que había tomado cuando cruzara el umbral de su primera casa, con ella en brazos.
Y saltó el muro.
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La policía tomó declaración a don Evaristo en el mismo jardín de su casa.
Ratificaron que su identificación era correcta.
Un ministro llamó directamente al jefe de policía para solicitar una resolución inmediata del caso.
Los agentes elaboraron un escueto informe confidencial, para uso exclusivamente interno:
<<El sujeto, Carlos Aburto Jara, empleado de banca, no iba armado.
El móvil parecía ser el robo. Aburto Jara conocía la residencia del señor Iturralde por haber estado allí con anterioridad cumpliendo con sus obligaciones profesionales. Sorprendido en el acto, huyó llevando sólo consigo una pluma de oro con la que señaló al personal de seguridad del señor Iturralde. En la oscuridad, estos creyeron que era un arma de fuego y dispararon en lo que parecía ser defensa propia.
Existe todo un dossier de amenazas senderistas contra el señor Iturralde. El error de sus guardaespaldas fue debido a un exceso de celo totalmente comprensible.
Nos hacemos cargo del cuerpo y de su adecuado "tratamiento". Permaneceremos a la espera de que su familia presente denuncia y sea declarado oficialmente "desaparecido".
En atención a la delicada salud del señor Iturralde se archiva el caso y se le repone la pluma robada.>>
Don Evaristo despidió personalmente a los agentes lamentando los inconvenientes causados. Mientras veía a los coches de policía alejarse en silencio, miró de reojo la inscripción que María había hecho grabar sobre el interior del capuchón de la pluma.
La misma inscripción cuya existencia, en su precipitación, había olvidado Carlos.
Se acordaba de haberla leído, sorprendido, la misma tarde del día en que acudió al banco.
Sabía que sólo su orgullo le había impedido devolver la pluma.
Negó con la cabeza repetidas veces, sacudiéndose el peso de la culpa de un "plumazo" (tal expresión le hizo sonreir y alejó definitivamente los fantasmas de su mente). Luego entró en su residencia, regresó a su opulenta cama y ordenó que le trajeran el desayuno.
Desde el interior del dormitorio, aquella mañana no parecía tener nada de particular.

mj dijo
Interesante relato, tienes algo.. que engancha al lector, no lo pierdas, porque solo entre tanta descripción solo se oculta la incervidumbre y la falta de imaginación...
Y al fin y al cabo.. todo por una pluma de oro...
saludos
8 Mayo 2006 | 11:45 PM