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La Coctelera

El Neumococo Chochiflán

Pon el dedo en la llaga si es necesario... pero no lo retuerzas.

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8 Mayo 2006

NADA DE PARTICULAR

El primer disparo le atravesó la nuez. Carlos pudo sentir el aire escapando de su garganta, fluyendo libremente fuera de su control. Las formas que le rodeaban devinieron siluetas carentes de profundidad, meras manchas de una paleta de tonalidades grisáceas.

El segundo le alcanzó en el pecho, dándole el tiempo justo para que su agonizante cerebro enviara una última orden a su mano derecha. Esta se cerró firmemente en torno al objeto que había precipitado su muerte. Los guardaespaldas rodearon el cuerpo y se dispusieron a registrarlo. En el jardín reinaba el silencio más absoluto. Habían empleado silenciadores.

Desde el exterior del recinto amurallado, aquella noche no parecía tener nada de particular.

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La visita de don Evaristo Iturralde no dejaba de ser rutinaria. Era, sencillamente, uno de esos clientes de privilegio del banco. Como otros miembros de la antigua oligarquía, cuyas familias habían sabido sobrevivir -en una posición envidiable- a más gobiernos de los que convenía recordar. Incluso en los tiempos de Velasco se las arreglaron para nadar y guardar la ropa. Siempre lo suficientemente cerca del poder como para garantizarse las comisiones y prebendas pertinentes. Siempre lo suficientemente lejos como para poder evitar las salpicaduras de sangre y corrupción que acompañaban cada caída.

Carlos sabía tratar con tiburones como don Evaristo. Su director decía que tenía don de gentes. Él creía que bastaba con ser profesional y educado. Aquellos que habían amasado su fortuna explotando la ineficacia del sistema agradecían, en cambio, su aptitud y diligencia. Una paradoja más en una ciudad repleta de ellas. Los viejos palacios que se alzaban aún orgullosos en la antaño llamada “ciudad jardín” se alternaban con infraviviendas propias de un tugurio. Y esa maldita humedad, esas omnipresentes nubes bajas parecían querer recordar a los ciudadanos su condición de eternos desposeídos, sin más aspiraciones que la de escapar a la miseria, un mes más.

Sin embargo, ni todos sus años de experiencia le habían preparado para entender el extraño ingenio financiero de su esposa. En los escasos tiempos muertos de que disponía a lo largo de su interminable jornada laboral, jugueteaba con el regalo que María le había hecho por su último aniversario. Había transcurrido más de un mes desde entonces y aún no había sido capaz de deducir de dónde había podido ahorrar lo suficiente para comprarle una pluma de oro de auténtico lujo.

No se cansaba de repetirle que le bastaba con su presencia reconfortante para ser feliz. Pero ella siempre encontraba una nueva manera de sorprenderle. Había halagado su minúsculo ego de contable con aquel presente.

Se sabía víctima de la paciente campaña diaria de María en contra de la rutina, del abandono, de la costumbre… Y sabía que, por culpa de ese empecinamiento, no podía evitar amarla.

Entretenido en estas cuestiones estaba cuando don Evaristo se acercó hasta su mesa, rodeado por un nutrido grupo de gorilas que parecían encontrar algún placer malsano en restregarle al resto del mundo su condición de esbirros armados. Carlos atendió de inmediato a su ilustre cliente, sin dejar de reparar en el notable aumento del número de guardaespaldas del señor Iturralde.

- Se ha dado cuenta, ¿verdad? –dijo don Evaristo con voz cansada.

- ¿Perdón? ¿Decía usted don…?

- No he podido evitar percatarme de su sorpresa. –interrumpió Iturralde con afables maneras y una voz susurrante- Sí. Cada día llevo más protección. Son los malditos terrucos. Me envían amenazas desde hace años, pero hoy día están por todas partes. Mientras eran una cuadrilla de cholos de mierda no me preocupé demasiado. Ahora campan a sus anchas por la capital. ¡Imagínese! Mi médico me ha ordenado que deje de leer los diarios. Soy hipertenso y cualquier día sus atrocidades me mandarán al otro barrio sin tocarme siquiera.

- Lo lamento… -dijo Carlos, incapaz de reaccionar ante las confidencias de aquel prepotente. Un engreído, que conocía mejor Miami que cualquiera de los pueblos de la sierra exprimidos en su beneficio, se atrevía a definir la realidad nacional en dos frases y a lamentarse amargamente. Era el colmo del cinismo.

- No se preocupe. Todos tenemos que cargar con nuestra cruz. La suya, como siempre, es explicarme todo este mar de papeles ja, ja, ja…

La leve carcajada sonó grotesca en la mente de Carlos, que optó por volver a su papel de profesional de la banca y fue recuperando aplomo mientras explicaba cada pequeño detalle con infinita paciencia. Al terminar, cedió su flamante pluma a don Evaristo para que procediera a firmar.

¿Cómo era posible que gente así siguiera rigiendo los destinos –más bien desatinos- de todo un país, desde sus fortalezas residenciales? Seguían, tan ufanos como de costumbre, enviando a sus cómplices del momento invitaciones para obscenos “almuerzos de trabajo”, mientras él recorría el jirón de La Unión en busca de un chifa decente donde poder comer rápidamente, antes de regresar al banco.

Conocía de paporreta los motivos. Su estirpe estaba marcada a fuego por aquella genealogía del fracaso que le daba la razón, pero no los dólares suficientes para hacerla valer.

Ensimismado en sus hirientes certezas, apenas pudo reaccionar a tiempo cuando observó que don Evaristo guardaba su pluma en el bolsillo interior de la chaqueta.

- Disculpe, ¿me permite mi pluma? – se atrevió a decir esbozando la sonrisa servil que le ubicaba en la orilla de los perdedores.

- Pero Carlos, ¿tanto trabajo tiene ya que se le ha oscurecido el entendimiento? –esgrimió Iturralde con nada disimulado disgusto- ¿Cree que no reconozco mi propia pluma?

Sintió los ojos del director clavarse en su nuca. En treinta años de trabajo jamás había atraído tanta atención sobre sí mismo. Quedó paralizado en la silla, hundido en el mar de su propia insignificancia, mientras don Evaristo se levantaba y le recomendaba cordialmente que se tomara unas vacaciones.

Ni siquiera fue capaz de acompañarle hasta la puerta como acostumbraba.

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La primera semana no pareció darse cuenta, pero una tarde, pasados quince días desde el incidente, la encontró llorando junto al teléfono del dormitorio y, por absurdo respeto, no se atrevió a cruzar el umbral.

Hablaba, entre sollozos, con su amiga Lucía. Podía reconocer su voz chillona al otro lado de la línea.

- Jamás perdería una cosa así…. Lo conozco demasiado bien… Te digo que ha encontrado a otra. No… No… Mi Carlos jamás dejaría que le robasen un regalo de aniversario… Es mi culpa… No he sabido mantenerme joven. Y él todavía tiene su planta… Seguro que… -no pudo terminar la frase- Ay, Lucy… él es toda mi vida… ¿Qué voy a hacer si no me quiere a su lado...?

Carlos volvió sobre sus pasos como un pulgarcito humillado por su propia sombra. Alcanzó la calle titubeando y vagó durante horas por las calles atestadas. A punto estuvo de ser atropellado por una combi cerca de Sucre. Una mezcla de culpa y vergüenza le hizo arrastrarse hasta Barranco y allí permaneció mientras anochecía. Con el Pacífico como único testigo de su impotencia.

Consideró las opciones posibles.

Hablar con don Evaristo era impensable. Sería su ruina y le convertiría en el hazmerreír de sus compañeros.

Contarle la verdad a María sería aún peor. Reconocer ante aquellos ojos tiernos y profundos su única miseria.

Su pobreza moral.

¿Qué clase de hombre habría dejado que le ocurriera eso?

Sabía Dios los sacrificios que tenía que haber hecho ella para comprar aquella pluma. Con aquel mismo instrumento había desgarrado el corazón de la única persona que aún creía en él.

Llegó a la conclusión de que había una única salida posible. Un único remedio digno en ese mundo de indignidad que había creado a su alrededor. El hedor de su cobardía impregnaba hasta la marea.

Tenía que sacudírselo de encima.

Tomó un taxi hasta La Molina. Conocía la residencia de don Evaristo porque el banco le había enviado allí una mañana en que, convaleciente de una leve gripe, este se había sentido indispuesto para ir directamente a la oficina.

Sabía incluso el camino más corto hasta el despacho y el cajón donde guardaba sus plumas el viejo truhán.

Rodeó la cuadra varias veces antes de encontrar un punto muerto para las cámaras de seguridad.

Se infundió valor recordando la conversación telefónica de María.

Recordó también cuando, con veinte años y todo el futuro por delante, el único futuro que le importaba era el que albergaba aquella sonrisa pícara e inocente, aquellas caderas de chocolate, aquellos hoyuelos sensuales y aniñados.

Tomó aliento.

El mismo que habían compartido cada día durante tres décadas.

Cogió carrerilla.

La misma que había tomado cuando cruzara el umbral de su primera casa, con ella en brazos.

Y saltó el muro.

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La policía tomó declaración a don Evaristo en el mismo jardín de su casa.

Ratificaron que su identificación era correcta.

Un ministro llamó directamente al jefe de policía para solicitar una resolución inmediata del caso.

Los agentes elaboraron un escueto informe confidencial, para uso exclusivamente interno:

<<El sujeto, Carlos Aburto Jara, empleado de banca, no iba armado.

El móvil parecía ser el robo. Aburto Jara conocía la residencia del señor Iturralde por haber estado allí con anterioridad cumpliendo con sus obligaciones profesionales. Sorprendido en el acto, huyó llevando sólo consigo una pluma de oro con la que señaló al personal de seguridad del señor Iturralde. En la oscuridad, estos creyeron que era un arma de fuego y dispararon en lo que parecía ser defensa propia.

Existe todo un dossier de amenazas senderistas contra el señor Iturralde. El error de sus guardaespaldas fue debido a un exceso de celo totalmente comprensible.

Nos hacemos cargo del cuerpo y de su adecuado "tratamiento". Permaneceremos a la espera de que su familia presente denuncia y sea declarado oficialmente "desaparecido".

En atención a la delicada salud del señor Iturralde se archiva el caso y se le repone la pluma robada.>>

Don Evaristo despidió personalmente a los agentes lamentando los inconvenientes causados. Mientras veía a los coches de policía alejarse en silencio, miró de reojo la inscripción que María había hecho grabar sobre el interior del capuchón de la pluma.

La misma inscripción cuya existencia, en su precipitación, había olvidado Carlos.

Se acordaba de haberla leído, sorprendido, la misma tarde del día en que acudió al banco.

Sabía que sólo su orgullo le había impedido devolver la pluma.

Negó con la cabeza repetidas veces, sacudiéndose el peso de la culpa de un "plumazo" (tal expresión le hizo sonreir y alejó definitivamente los fantasmas de su mente). Luego entró en su residencia, regresó a su opulenta cama y ordenó que le trajeran el desayuno.

Desde el interior del dormitorio, aquella mañana no parecía tener nada de particular.

servido por Neumococo 12 comentarios compártelo

12 comentarios · Escribe aquí tu comentario

mj

mj dijo

Interesante relato, tienes algo.. que engancha al lector, no lo pierdas, porque solo entre tanta descripción solo se oculta la incervidumbre y la falta de imaginación...

Y al fin y al cabo.. todo por una pluma de oro...

saludos

8 Mayo 2006 | 11:45 PM

¿ysiestaveztequedaras?

¿ysiestaveztequedaras? dijo

Todo por una pluma de oro... a veces eso es lo más importante. En Tigre y Dragón de Ang Lee hay un flashback de casi media hora, titulado "todo por un peine"

Los mejores relatos son los q aparecen una mañana que no tiene nada de particular

Me uno a los elogios q han empezado a sonar por ahí, y sino los inicio yo

Un saludo

8 Mayo 2006 | 11:57 PM

laveron

laveron dijo

la vida, para algunos, es un número, un código encriptado...y nada más. Así estamos...así vamos. No me asombra ya el tiempo de salvajes que ruge desde lejos...

un gran relato...muy bueno
laura

9 Mayo 2006 | 01:39 AM

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

conseguiste mantenerme atenta, a pesar de la extensión
ha sido un placer, neumococo
te dejo un saludo afectuoso

9 Mayo 2006 | 04:18 AM

Adri

Adri dijo

Señor Neumococo:

Sé, que quizás el comentario que emita no tenga ninguna importancia y por ende como resulta ocurrirme a diario esté fuera de contexto ja, ja, ja, ja, ja, ja…

Mientras leía su relato no podía dejar de pensar en algo que me ocurrió hace un par de años.

Una mañana que no parecía tener “nada de particular” me dirigía a la universidad, eran las 05:30 am aproximadamente (el autobús me recogía a las 06:00 am). Esa mañana como lo había hecho desde hacía una semana, llevaba puesto los zapatos que mi madre me había regalado el día de mi cumpleaños.

La parada está a tres cuadras de mi casa y a esa hora el trayecto se hace largo y solitario (la gente acostumbra a salir de sus casas a las 6:15 am). Justo cuando voy pensando: “Coñooo, la cola para abordar el autobús debe dar la vuelta a la cuadra” Ta, Ta, Ta, TAAAAANNN!!!!!! Se aparece frente a mí Aníbal (un chico que vi crecer y con el que muchas veces jugué mi deporte favorito de infancia…kickimball). Carajooo!!! Menuda situación.

Mi tranquilidad saltaba a la vista porque se trataba de alguien con el que había familiarizado en tiempos pasados, pero él, totalmente drogado y con un arma en mano no dejó que dijera mucho (porque hasta en estas situaciones soy cháchara ja, ja, ja, ja, ja, ja).

Solo oí decir: “Chama yo te conozco pero ahora ando pegao…necesito real y tú sabes como es todo…quítate los zapatos”.

Con mucha paciencia quité el nudo de los cordones de mis adorados tenis y se los entregué(hasta hace poco tenía la maña de escribir mi nombre con marcador en la suela de todos mis zapatos, por supuesto aquellos tenis no estaban exentos de esa situación ja, ja, ja, ja).

Aníbal se marcho con mis tenis en mano y dejándome un sabor amargo en la boca… me sentí justo como el inicio de su relato “Con el aire escapando de mi garganta” con una ganas terribles de llorar y salir corriendo detrás de aquel ser y quitarle lo que en ése momento era para mí “un preciado tesoro” (si lo sé, eran unos simples zapatos, pero para mí significaban mucho).

Cuando leí esto:
“Mientras veía a los coches de policía alejarse en silencio, miró de reojo la inscripción que María había hecho grabar sobre el interior del capuchón de la pluma.
La misma inscripción cuya existencia, en su precipitación, había olvidado Carlos.
Se acordaba de haberla leído, sorprendido, la misma tarde del día en que acudió al banco.
Sabía que sólo su orgullo le había impedido devolver la pluma.”
Yo sé, que Aníbal leyó la inscripción de mi nombre en aquellos zapatos, pero su orgullo y necesidad le impidieron devolverme lo que me pertenecía.

Y pensar que todo fue… “Por el cochino Dinero”

Por supuesto, yo no pude hacer lo mismo que hizo Carlos, ir hasta la casa de ese sujeto me hubiese costado la vida a mí también. El único sitio donde se podría ver mi nombre en estos momentos sería en una lápida ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja... (Y no en mis zapatos ja, ja, ja, ja, ja, ja).

Hasta aquí lo dejo para que no tenga que seguir batallando con mis chorradas.

Espero que mi absurdo comentario no le haga bostezar

Gracias por engancharme y hacer volar mi absurda imaginación.

Gracias por hacerme salir de contexto ja, ja, ja, ja, ja…

“Y La Colonia Tovar”

Tovarich

9 Mayo 2006 | 08:25 AM

Laura

Laura dijo

¿Un comentario sin nada de particular?
Como te contestaba a tu comentario... creo que todo esta relacionado y conectado, hasta las cosas más nimias, como puede ser este comentario.
Quién sabe en qué deparará.
Cómo tu relato y la conexión entre la toma de decisión del personaje y la consecuencia en que deriva. Todo lo que hacemos tiene mucho de particular.

9 Mayo 2006 | 12:33 PM

bagamontse

bagamontse dijo

Lo decían en un blog...
Dice Neumococo Chochiflán en su blog:

"Pon el dedo en la llaga si es necesario... pero no lo retuerzas."

servido por Montserrat

9 Mayo 2006 | 03:44 PM

Gatinha

Gatinha dijo

Encantada de seguirte leyendo, interesante relato, espero el siguiente.

9 Mayo 2006 | 04:40 PM

Karmen

Karmen dijo

Intenso blog!
Me encantó tu visita,lo cierto es k...espero mejorar!jaja
No dudes k volveré....
Te dejo un muxu inmunizado....

10 Mayo 2006 | 03:05 PM

JANE DOE

JANE DOE dijo

Sabia que tanta extension no podia ocultar un sin sentido...Y segui leyendo hasta el final del "nada particular", y me encontre con uno de esos cuentos ironicos, parecidos a los de Kunderas en su libro de los amores ridiculos.Escribes bien...

11 Mayo 2006 | 02:41 AM

rudolf

rudolf dijo

La primera frase de tu historia se me ha quedado grabada. Me encanta. Seguiré visitándote.

Saludos!

24 Mayo 2006 | 10:03 AM

antraxia

antraxia dijo

ala! en tu blog también se ha metido un hacedor de spam guarro...yo ya llevo más de una veintena de comentarios eliminados, o mejor dicho clasificados como spam, si lo haces así conseguiras que disminuyan. Parece ser que la coctelera localiza las ips que puede o algo...o se cansan de que los borres no se.

10 Diciembre 2006 | 12:47 PM

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