LA PARANOIA Y LAS MONJAS VOLADORAS

Quizá el pilar más esencial de ese delicado equilibrio esté constituido por las monjas que pueblan los aeropuertos de medio mundo.
No importa hacia dónde vayas o en qué dirección del recinto aeroportuario mires. Más tarde o más temprano las verás. Están ahí. Suelen ir en parejas o en pequeños grupos (es decir, que su organización numérica es análoga a la de una película porno, aunque sus diálogos son más abundantes...)
Uno de esos grupos ocupaba por completo el campo visual de Pierre Defoto, convertido en fugitivo de la justicia por las veleidades del azar y de la Agencia Tributaria.
Parapetado tras un ridículo equipaje, -demasiado insignificante para el viaje que pretendía realizar- demostraba su condición de inexperto en las lides del "arte de la fuga".
Nuestro aprendiz de Bach maldecía su mala suerte en el momento en que apareció su contacto.
- Pierre, Pierre... ¿Qué coño estás haciendo ahí plantado, como un pasmarote?
La voz de Fernando sonaba entre incrédula y divertida.
- Tengo la sensación de que aquel grupo de monjas es más de lo que aparenta ser -dijo el insigne articulista de la prestigiosa publicación "Hogar Y Cactus" y bla, bla, bla... circunspecto.
- Hacienda no tiene espias en nómina, Pierre, y mucho menos disfrazados de forma tan llamativa. No seas cretino.
- ¿A tí te parece normal ver a tantas monjas juntas en un aeropuerto?
- Llevo quince años realizando operaciones de todo tipo en este aeropuerto y no ha habido ni una sola ocasión en que no haya visto monjas. Además, sólo son cinco. En este momento debe haber cien abogados por aquí. Y doscientos carpinteros. Y quinientos funcionarios... Sólo que no los reconoces porque no llevan "uniforme". Las monjas son un conjunto muy poco numeroso en realidad.
- ¿A cuántas has interrogado en esos quince años? No me mientas...
Fernando le miró de reojo, con severidad, dando a entender que no era conveniente hablar de su trabajo en mitad de la terminal. Luego, sin apenas darle tiempo para que esbozara una disculpa, extrajo un pequeño pañuelo del bolsillo interior de su chaqueta.
- Aquí tienes tu nuevo pasaporte. -dijo más bien ufano- No metas la pata esta vez.
Defoto observó con disimulo el documento que Fernando le tendía. Alzó una ceja con desaprobación.
- ¿Era necesario este apellido?
- Eres el mayor experto del mundo en los entresijos de esa familia. Son muchísimos y los has entrevistado a todos infinidad de veces. Todo el mundo creerá que eres uno más.
La monja más anciana parecía dar ordenes a las demás, que cuchicheaban sin rubor alguno.
- Estoy nervioso -susurró Pierre.
- ¡Olvídalo! Estás paranoico. Te crees demasiado importante. No se inicia una investigación internacional cada vez que alguien deja de donar semen a Hacienda. ¡Métetelo en la mollera! Este es un documento perfectamente legal. Destierra tus miedos. ¡Y ahora vete, que perderás el avión!
Por toda despedida, ambos se estrecharon las manos. Luego Defoto se dirigió al mostrador con cara de cordero degollado.
Fernando tuvo tiempo de escuchar a la chica que le atendía mientras se alejaba.
- Muchas gracias, señor Jurfendu.
Pierre pasó el control policial y se perdió entre la multitud en el preciso instante en que una de las monjas se acercaba a Fernando y le preguntaba la hora.
- ¿Cómo lo conociste? -dijo la superiora entre dientes.
- Coincidimos en Egipto mientras él escribía sobre unas crónicas arqueológicas del viejo Ayerch que podían suponer un peligro para la seguridad nacional. Tuve que distraer su atención, dejándole caer en qué trabajaba, pero sin mencionar el verdadero motivo de mi estancia allí..
- Ahora no podremos seguirle con facilidad. En ese destino que ha escogido las ordenes religiosas están prohibidas y no tenemos otros agentes disponibles...
- Oye, -interrumpió Fernando- ¿habéis probado a disfrazaros de otra cosa alguna vez? ¡Que sé yo...! De abogados o carpinteros o funcionarios... Así nadie sospecharía. Creo que hasta el idiota ese se lo ha olido esta vez.
- ¡No digas gilipolleces! Todo el mundo sabe que las monjas deambulan por los aeropuertos como Perico por su casa. Es un fenómeno natural más que constatado y una coartada perfecta para nosotros. No podemos abandonar las prácticas clásicas más efectivas de la profesión. ¡Hala! ¡A disfrazarnos de cualquier otra cosa por tus caprichitos! Todavía hay normas en la "compañía", ¿sabes? Y una de ellas es no proporcionar documentación a un fugitivo. Explícame qué pretendes con todo esto...
Fernando empezó a sonreir abiertamente.
- Pierde cuidado -dijo-. He descubierto que hay un estúpido en Internet que describe cada uno de los movimientos de Defoto en su bitácora. Ya no tendremos que mover ni un dedo.

jasoninternauta dijo
Magníficas historias, Neumococo.
Las voy leyendo despacio.
Saludos.
3 Abril 2006 | 07:26 PM