Miró con detenimiento la cifra –a todas luces insuficiente- que el joven dependiente había garabateado en un trozo de papel antes de empujarlo con disimulo hacia su esquina del mostrador.

Se sorprendió a sí mismo reflexionando acerca de los posibles motivos que el empleado podría albergar para actuar así: ¿Vergüenza? ¿Discreción? ¿Desprecio? Irrelevante, en cualquier caso.

Su propia voz le sonaba lejana cuando se atrevió a decir: - ¿Es todo?

- ¡Un momento, por favor! -le increpó el dependiente, súbitamente agobiado, mientras atendía a una señora de mediana edad. Conrado pensó que bien podría ser su madre, o su amante o alguien más a quien pasar una notita con absurdo descuido.

De inmediato, su mente rechazó la idea de que las personas fueran meros caracteres intercambiables. Puede que fueran los restos de antiguas convicciones, tan endebles como su determinación, los que le inducían a rechazar suposiciones como aquella.

Solía ser bueno captando la cara oculta de los cosas. Cogiendo los indicios al vuelo. Hasta que comprendió que no existe nada oculto. Todo y todos somos tan malditamente transparentes…

- Caballero, es más de lo que estoy autorizado a ofrecer por este artículo –le dijo el chico, que volvía a ocuparse de él, esbozando una sonrisa forzada de conmiseración.

Conrado contempló su vieja máquina de escribir con otros ojos. -“Artículo” –pensó- así que en eso te has convertido. En un artículo.

El joven volvió a clavar su mirada en la de Conrado. En un esfuerzo por resultar más amable, añadió: - Mire, no se trata de que no tenga utilidad en sí. Se trata de su valor en el mercado. Hay muchas máquinas de esa época. Muchas, incluso del mismo modelo. No son nada especial, ni único. Ni siquiera pueden considerarse verdaderas antigüedades.

- Yo sí que soy una antigüedad auténtica –replicó Conrado- ¿Me darías más si yo estuviera encima del mostrador y la máquina fuera el cliente?

Esa salida le demostró que aún era capaz de arrancar una carcajada sincera. Sin embargo, no pudo evitar dudar de su efectividad. Al fin y al cabo, no había ninguna ironía en lo que decía.

- Oiga, me cae usted bien. Pero no puedo hacerle un trato de favor. Todo el mundo pretendería lo mismo, ¿comprende? Le dejo un ratito para que se lo piense y me diga lo que quiere hacer.

El espejismo había durado segundos. El chico volvió a entrar al almacén mientras él miraba a su máquina de escribir una vez más.

¿Cómo se mide el valor de algo? ¿Y el de alguien? ¿Quién coño es el mercado para decidir lo que vale y lo que no? Aquel artilugio le había costado seis meses de sueldo.

Hacía más de medio siglo de eso.

Aquella máquina había logrado para él la independencia. El minúsculo pedacito de libertad que aún somos capaces de creer conquistada.

Con ella había escrito sus primeras cartas de amor a Elisa.

Los artículos que mecanografió costearon su hogar y hubieran pagado los estudios de los hijos que nunca pudieron tener.

Ante esas teclas había creado poemas y relatos.

Había ideado miles de pliegos de descargo.

Había solicitado su pensión de viudedad y reclamado en vano un aumento en su cuantía.

Pero ante esta realidad no cabían pliegos, ni solicitudes.

Ni tan siquiera súplicas.

Sólo cabía hincar las rodillas a tierra como tantas veces tantos otros habían hecho.

Con la moral y las percepciones de toda una vida hechas trizas por el azar y el tiempo, confabulados en su contra, sin acritud ni piedad, de forma sencillamente implacable.

¡Iluso! –se repitió como en una letanía- Creíste que la experiencia era un grado. Que todo aprendiz necesita un maestro. Que un ciclo complementa a otro. Pero, ¿de qué sirve la maestría donde nadie tiene tiempo de aprender? ¿Cuál es su valor?

- Perdone –le interrumpió el dependiente- pero es casi la hora de la comida. Como le he dicho, el precio es definitivo. ¿Qué decide?

Negó varias veces con la cabeza. Concluyó que los seres humanos agotamos nuestras energías buscándole un sentido a un porvenir que adivinamos probable.

Conrado hizo entonces lo posible por darle, en aquel preciso instante, un verdadero sentido a su vida pasada.

A todos aquellos días de esfuerzo, anhelos, trabajo, felicidad, sinsabores y esperanzas.

- Creo que aún le puedo sacar algo de partido –contestó iluminado por la lucidez- Gracias de todos modos.

Acto seguido acarició con cariño su vieja máquina de escribir, la cargó con sus manos -marcadas por la edad y por la artrosis- y salió por la puerta, con la mirada risueña y una serena sonrisa, en un penúltimo acto de valentía.

Los diarios no hicieron mención alguna a sus lustros dedicados al periodismo.

Ninguno aportó datos sobre sus libros de relatos –hacía mucho tiempo descatalogados- ni a sus breves –y mediocres- escarceos con la poesía.

Sin embargo, todos aclaraban que el cuerpo se había mantenido sumergido durante largo tiempo porque Conrado había atado una pesada máquina de escribir antigua a su pierna izquierda.

Le había encontrado una última utilidad.