EMPLEADO DEL MES
- ¿Podemos llegar a un acuerdo? – dijo con su más flemático acento.
- Lo dudo mucho. Esta postura es incomodísima. No pienso tolerar que me entierren así, de cualquier manera. Tiene usted que comprenderme.
Otro cadáver recalcitrante. Ya era el quinto este mes. Y además era un puñetero crío. Algo debía estar funcionando mal en alguna parte. Los engranajes de la muerte emocional se habían descompasado a ojos vista.
Se produjo un silencio incómodo. Vergessen llevaba en este negocio más tiempo del que le importara recordar y nunca había tenido que enfrentarse a este tipo de situaciones tan anómalas. Trató de hacer memoria y analizar los posibles cabos sueltos.
“Los Campos del Olvido” no son una necrópolis cualquiera. Sólo los mejores pueden trabajar aquí. La tierra ha de seleccionarse con un cuidado exquisito y lo mismo puede decirse del mármol. Además se requiere una pericia excepcional para hacerse con el manejo de las herramientas –muy específicas- que se emplean en este lugar.
Luego está la imprescindible confidencialidad que hay que mantener en todo momento. El más mínimo desliz tendría consecuencias inimaginables, además de implicar la pérdida automática del empleo. Nadie debe saber lo que ocurre con la maraña de sensaciones, sentimientos y recuerdos que quedan atrapados al otro extremo de un cordón umbilical de neocórtex necrosado. Por descontado, todos y cada uno de esos conjuntos únicos e irrepetibles de experiencias terminan aquí.
Y aquí es donde empieza la tarea de Vergessen. Nada demasiado complicado cuando se atesora la experiencia y el saber hacer de quien ha sido empleado del mes en más de 2000 ocasiones.
Rutina.
Sin embargo, esa labor diaria no incluía tener que negociar con los finados. Hasta que hacía poco más de tres semanas, uno de los cadáveres se revolvió en su caja con gran descontento.
Ese había sido el primero y despertó una malsana curiosidad en Vergessen, por considerarlo un ejemplo de singular rareza.
Pero en todos los casos se repetía el esquema de aquel. Por algún motivo había un fallo, una especie de pespunte en la cadena normal de los acontecimientos.
Era evidente que aquellos finados seguían conociendo la identidad de sus antiguos huéspedes. Algo impensable después de la extracción.
Vergessen tenía la garganta seca. Se ajustó la corbata con un gesto decidido, carraspeó y comenzó a capear el temporal como mejor sabía.
- ¿Y dices que tu huésped era...?
Para ser un cadáver, este respondía a las preguntas con una vitalidad impresionante.
- Pierre Defoto, el célebre redactor de "Hogar Y Cactus". Supongo que habrás leído alguno de sus artículos.
- Aquí no podemos acceder a la prensa. Está prohibido –dijo Vergessen alzando una ceja con desaprobación.
La expresión del finado hubiera sido de sorpresa si no fuera por el rigor mortis, que no le permitía expresarse demasiado. Antes de que pudiera articular palabra Vergessen prosiguió.
- Mira, tienes que asumir que tu conexión con ese tipo se acabó. Te voy a traer un ataúd más cómodo y me lo curraré para que tengas la mejor vista, pero no me pidas más. Todos estos favores me los descuentan del sueldo. Así que tengamos la fiesta en paz.
Los ojos vidriosos de aquel montón de vivencias acumuladas no denotaron emoción alguna al escuchar el parlamento de Vergessen. Meditaba en silencio su respuesta, con la mirada fija en algún punto de la gastada chaqueta de paño de su enterrador.
Finalmente salió de su ensimismamiento y dijo:
- Tendremos la fiesta en paz con una condición.
- Ya empezamos –dejó escapar Vergessen -. No hay condición que valga. No estás en posición de imponer nada. Ni siquiera estás vivo.
- Pero puedo hacerte la vida imposible.
- ¿Cómo puedes estar tan seguro?
- Porque soy un pasivo-agresivo muy terco. Ya lo era en vida y ahora no voy a cambiar de actitud por las buenas ¿no? En cuanto te descuides haré que tu trabajo sea más desagradable que tener a un hipopótamo bailando sobre tu ombligo. Sé perfectamente que tu sólo eres un mandado aquí, pero ese no es mi problema sino el tuyo. A cambio de cierto favor, te doy mi palabra de que no daré problemas.
Metomentodo y engreído. Lo que faltaba. Vergessen ya no tenía edad para aguantar impertinencias de muertos que ni siquiera habían llegado a la adolescencia. Sin embargo, decidió ser paciente y tratar de seguirle el juego a aquél descarado.
- Está bien. ¿Cuál es la condición?
- Quiero hablar por teléfono con Pierre y que me confirme que no desea mi regreso.
- ¿QUÉ? ¿Pero tú sabes lo que me estás pidiendo?
Vergessen apenas podía disimular su ira. El mocoso había ido demasiado lejos. Y su consternación aumentó al escucharle hablar una vez más.
- Es lo justo y tú lo sabes.
¿Lo justo? Vergessen no había oído hablar de justicia en todos sus años de servicio. La justicia no tiene nada que ver con esto. Todo es mucho más sencillo que eso.
-¿Y bien? –insistió el petulante fallecido.
En los cambios de turno los enterradores aprovechaban para charlar un rato (al fin y al cabo era un trabajo muy solitario hasta que habían empezado los problemas). Y a veces se transmitían unos a otros consejos, técnicas, advertencias e incluso viejas historias del camposanto.
Existía una vieja centralita en el borde noroeste del recinto. De cuando en cuando se recibía una llamada y alguno de los inquilinos debía ser resucitado para regresar al mundo real. No era frecuente, pero ocurría. El proceso de resurrección era árduo y te podías pasar todo el día trabajando para cumplir el plazo impuesto. Un auténtico coñazo.
Pero jamás se debía permitir el proceso contrario. El entonces decano de los enterradores le había contado a Vergessen -hacía más de 30 años- lo que ocurría si se permitía que uno de los cadáveres contactara por teléfono con su antiguo propietario. La rebelión era generalizada y algunos de los mejores enterradores de El Campo del Olvido habían sufrido heridas mortales en acto de servicio por esa causa. Condenabas a millones de personas a seguir sufriendo por cosas que debían haber olvidado.
No se podía cometer un error mayor.
Entonces, Vergessen decidió jugárselo todo a una carta. Engañaría al pequeño hijo de puta ese. Un poco de riesgo después de tanto trabajo sería bien recibido por sus cansadas neuronas.
- ¿Recuerdas su número de teléfono? –dijo ocultando una sonrisita culpable.
- El de su móvil sí. ¿Aceptas pues?
- Acepto.
Vergessen estrechó la gélida mano que le ofrecían y luego cargó con el cuerpo hasta la centralita. Tras depositarlo en un taburete que había visto días mejores, limpió de polvo unos auriculares y un viejo micrófono y se los colocó como mejor pudo al interfecto que tan burdamente había intentado chantajearle. Luego marcó el número ante la atenta mirada del muerto y dijo:
- Debo abandonar la estancia. No se me permite ningún contacto con el exterior y no quiero ser despedido por tu causa. Esperaré fuera a que termines.
Sin esperar el asentimiento de cabeza de aquel imbécil, Vergessen abandonó la habitación y con gran sigilo corrió hacia la puerta trasera, y entró sin ser visto en la sala de máquinas donde pudo cambiar rápidamente la conexión y desviarla a otro aparato interno. Esperó unos segundos y contestó impostando la voz.
-¿Diga?
- ¡Pierre!
- Sí, soy yo, ¿qué desea?
- ¿No me reconoces? ¿Qué carajo te pasa en la garganta? ¿Estás ronco?
- Tengo un ligero resfriado caballero. ¿Quién es usted?
En un esfuerzo desesperado, el finado narró todo un cúmulo de sensaciones, sentimientos, alegrías y sinsabores que supuestamente pertenecían a su interlocutor. Luego pidió socorro entre sollozos.
Vergessen estaba aturdido. Nunca en su vida había llegado a conocer tan bien un período concreto de la vida de alguien como aquel que acababa de escuchar sobre el tal Defoto. La información fluía a través de él como la electricidad en una sinápsis. Aquel era el verdadero significado del poder.
Se apresuró a responder.
- Oiga. No sé de qué me está hablando. Hágame el favor de dejarme en paz.
Colgó sin esperar contestación y saboreó inquieto su pequeño triunfo. Pero antes de que pudiera levantarse no pudo evitar escuchar una voz que surgía de la nada:
- ¿Hay alguien? ¿Me oye alguien?
Era la línea de la llamada original.
Mierda.
- ¿Hay alguien ahí?
El verdadero Pierre Defoto. Esta vez no era un engaño ni un simulacro. Si contestaba podía manipular la vida de ese tipo a su voluntad. Como si fuera un dios. Sus manos se aferraron al micrófono.
- ¿Me escucha?
-¿Quién es?
Estaba violando la norma más importante del cementerio. Pero no podía sustraerse al embriagador aroma del conocimiento. Podía ser el marionetista experto que controlaba los hilos del futuro de Pierre Defoto, el célebre reportero de “Hogar Y Cactus”...
- Pierre...
-¿Sí?
Tenía en la punta de la lengua todo lo que sabía de su interlocutor. Y tomó una decisión.
- Defoto.
- ¡Sí, coño! ¿Me quiere decir qué quiere de una vez?
- Me debes una.
De un manotazo arrancó el cable del panel interrumpiendo la comunicación. Luego se secó el sudor y fue a buscar a su insoportable acompañante. No le había escuchado llamar pero no era extraño.
Cuando entró en la habitación contigua lo encontró en avanzado estado de putrefacción. Ya no estaba en condiciones de molestar.
No lo estaría nunca más.
Vergessen abandonó la centralita con el trofeo de su pírrica victoria sobre los hombros. Canturreó una alegre melodía mientras se repetía a sí mismo que no regresaría a aquella esquina del camposanto. Había pasado por encima de la tentación y esta había perdido todo sentido para él.
Esta vez se había ganado a pulso el título de empleado del mes.

