¡TE DEBO UNA, MANCO!
La noche en que Cervantes me salvó la vida.

En un lugar de Las Palmas, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de botella en mano, suerte esquiva, mal carácter y peor traza que, habiendo sido agraviado en triste forma y manera por dama de inmerecido porte, se armó con una botella de cerveza y por la puerta falsa de un bar salió a la calle, con grandísimo enojo y alboroto.
Apenas se vió en la calzada cuando le asaltó el deseo terrible de acabar con la vida de alguien para lavar su afrenta. Que yo había sido la víctima elegida por el caballero lo supe más tarde.
Cercana estaba la noche al alba cuando mis compañeros de andadura nocturna me dejaron sentado y velando nuestras posesiones más valiosas en un rincón guarecido mientras desfacían entuertos en las letrinas de una lejana venta.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y maldiciendo entre las brumas del alcohol que le embriagaba:
"Maldita sea la... la hija de puta esa..."
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.
Y era la verdad que por él caminaba cuando me divisó a lo lejos. Tras torpe carrera topamos mutuamente en el momento en que yo tornaba mi cabeza ante el fétido olor de su aliento.

Como yo viera el odio y la locura en sus ojos, apresurose a romper la botella que entre manos llevara y situola en íntima cercanía a mi yugular mientras increpaba al viento:
"¡Rubio! ¿Por... qué? ¿Por qué me hizo esto... la hija de puta... esa...? ¿Eh? ¿Por... qué...?"
Alarmado por su vil amenaza y sin saber de modo alguno en que resolver tamaño enigma, acudió a mi mente uno de los requiebros que Don Miguel de Cervantes Saavedra compusiera en su más célebre libro fingiendo la pluma de Feliciano de Silva, a quien, por la altisonancia y puerilidad de su estilo, pretendiera zaherir.
Hallándome yo también ante un hidalgo preso de la altisonancia y la puerilidad, resolví espetarle con aquesta sentencia que llenaba mi cabeza:
"La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura"
Pusiéronse entonces sus ojos en blanco y cesando en su ademan amenazante me dijo entre dientes:
"¡Hostia rubio...! Tú riges... ¿Cómo... era eso...?"
Repetí solícito el disparate mentado mientras el hidalgo trataba de memorizarlo con gran esfuerzo. Y así fatigado deste pensamiento, levantose y siguiendo su camino alejose repitiendo:
"La razón de la... sinrazón... de la hija de puta esa..."
Este fin provisional tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Birra, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de Gran Canaria contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
Y desde entonces contraje aquesta deuda impagable con Don Miguel de Cervantes, a quien la vida debo, y está en mi disposición natural el hacerle un presente de agradecimiento con motivo del cuarto centenario de la obra que de tan difícil aprieto me sacara. Como vuesas mercedes pueden ver en la foto siguiente, es artilugio muy práctico y socorrido.

Te debo una, manco...

colegui dijo
Muy buenas, tu tambien te has animado. Siento no poder ir, pero no sali ese dia. Al dia siguiente volaba hacia Varsovia y ese mismo dia tenia mogollon de cosas que hacer.
Y no era por ganas de veros....
Muy chula tu pagina, muy de tu estilo.
Estamos en contacto pàra hacer alguna esta vez en mi casa.
Cuidate.
25 Marzo 2006 | 02:18 PM