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La Coctelera

El Neumococo Chochiflán

Pon el dedo en la llaga si es necesario... pero no lo retuerzas.

Categoría: VIDA Y DESVENTURAS DE PIERRE DEFOTO

24 Abril 2006

OCULTO EN TU CULTO

La delicada tela se deslizó por entre mis dedos como una cascada de rocío. Los colores que se extendían en su superficie eran tan indescriptibles como su textura. Cálida, húmeda y escurridiza a la vez.

Sólo podía entrever los ojos de la muchacha que me la ofrecía. Pero bastaba con eso para soliviantar mi entrepierna de modo notable. Dificilmente podía adivinar sus curvas bajo el uniforme. No obstante, mi mente se empecinaba en dotarla de atributos harto sugerentes. Desde que arribara a puerto, la única alegría que le había proporcionado al cuerpo había sido el aire acondicionado del hotel.

Antes de qué pudiera preguntar por el precio de metro y medio de aquella prodigiosa mercancía, Saud me tomó el brazo con inusitada fuerza y me sacó del bazar a trompicones.

- ¿Qué crees que estás haciendo? -le increpé sorprendido.

- No. ¿Qué crees que estás haciendo tú? -replicó con sorna- ¿Has venido a derrochar riales alegremente, como un turista? ¿O piensas pagar en especie, Lawrence de patio?

Su mirada era como un signo de interrogación insondable. Por algún motivo, que no alcancé nunca a comprender, me hacía sentir vergüenza y respeto a la vez.

Souk al-Hareem no es el lugar más apropiado para pasar desapercibido -añadió- Estás aquí para trabajar ¿no?.

De súbito, bajó el volumen de su voz de tal modo que tuve que aproximarme a menos de cinco centímetros de su rostro.

- Se ha confirmado la reunión. Vendrán los dos, tal y cómo estaba previsto.

- ¿En serio? -acerté a decir- No hay noticias en la prensa. Ni siquiera una pequeña reseña.

- Es una visita privada, Pierre. Irán a la sede central de ARAMCO para un oficio religioso.

- ¿Ambos?

- Sí, Abdullah y George, juntitos -dijo mostrando la más cínica de sus sonrisas.

- ¿Qué oficio religioso pueden compartir esos dos? En mitad de la mayor crisis energética de la historia. Esta noticia va a ser un bombazo...

Saud me miró sumamente alarmado.

- Si cuentas lo que vas a ver esta noche no saldrás vivo de Dammam. Serías un fugitivo.

- Ya lo soy, Saud, ya lo soy...

Su cara cambió de color a ojos vistas.

- ¡No te equivoques! Esta vez sería la inteligencia saudí quien te persiguiera. No tendrías la menor oportunidad. Antes de Al-Juma serías un cadáver anónimo más. Y ninguna dependienta te sacaría de la fosa.

- Cierta parte de mi anatomía agradecería el rigor mortis -afirmé impertinente- ¿de qué me sirve estar allí si no lo puedo contar?

- Con el tiempo, puede que esa información llegue a ser publicable. Labor de investigación, ya sabes... Lleva años hacer un artículo decente.

- Me gustaría investigar lo que hay tras esos ojos de los que tan amablemente me has apartado.

- No intentes tomarme el pelo, Defoto. No te pega esa pose sofisticada. Ahora atiende bien. Te haré pasar por un oscuro agregado secundario de la embajada británica. Un insignificante funcionario. ¿Qué tal tu acento? No te vayas a exceder con la afectación, como otras veces.

- Luego, ellos también estan al corriente.

- ¿Los británicos? Por supuesto. Pareces un colegial haciendo esas preguntas.

Se mojó la comisura de los labios con la lengua mientras inspiraba profundamente.

- Esta noche, necesito que pienses con la cabeza que tienes entre los hombros y no con la que te cuelga. No sé cómo puedes ir por ahí, proclamando a los cuatro vientos que eres "el insigne reportero estrella de la prestigiosa publicación <
>
" y todo lo demás. Eres un bastardo pomposo.

- ¿Bastardo pomposo? ¿Quién está sonando demasiado británico ahora? Menuda afectación más cursi.

Por toda respuesta, Saud me recordó la hora y el lugar de la cita y se esfumó entre la multitud.

Para ganar seguridad en mí mismo, dirigí mis pasos de nuevo hacia Souk al-Hareem. ¡Al diablo con todo! Aquí nadie me reconocería.

La chica que me había atendido seguía allí. Su destello hería mis ojos como una pequeña gema, oculta entre la arena del desierto.

Seguro que al hablarle de "Hogar Y Cactus" le parecería un cliente mucho más interesante...

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La ceremonia comenzó al anochecer.

Ni siquiera llegaron a presentarme a los invitados de excepción. Aumentaba, por momentos, mi sensación de ser un "testigo incómodo".

Fuera lo que fuera lo que esos dos se traían entre manos, no podía ser nada bueno.

Y yo aquí -pensé- desarmado, presa del sudor frío y tan acojonado que hasta la erección que traía desde que dejé el bazar, ha fenecido sin pena ni gloria.

No había nada ni remotamente excitante en aquella lujosa y sobria estancia sin ventanas. Los dos elegidos por la divinidad rezaban en silencio, con la mirada fijada en una vasija diminuta y profusamente decorada que una especie de sacerdote, inexpresivo y levemente cojo, sostenía sobre sus cabezas.

Mi mente estaba tan adormecida que optó por salirse por la tangente biblíca. Pensé, en ese mismo instante, que, de estar en el lugar de Salomé, yo hubiera pedido esas dos bolas de serrín en una bandeja. No la de un iluminado, tan harto de sustancias psicotrópicas, que era incapaz de mantener la moral suficientemente alta como para resultarle útil a la bailarina más lujuriosa de ese cuento de cuentos.

¡A la mierda la erótica del poder! Yo nunca hubiera tenido ese problema. Tendría las cabezas de estos malnacidos colgadas de la pared y la de Salomé fundiéndose en mi sexo, devorando las pocas creencias que me quedan a lametazos. Aferrándose a mi única certeza. Saciando su saludable gula. Extrayendo mi más eximio tesoro del fondo de la tierra baldía y reseca que cubre todos mis sueños de húmedos oasis.

¿De que vale la diplomacia -esa hipocresía oficial e ilustrada- ante la evidencia de dos cuerpos que se desean, que se aproximan al único cielo verdadero: el de ver la urgencia del placer en las facciones del otro? ¡Chúpate esa, Condolezza!

Una imprudente risita se me escapó cuando mi flujo de pensamientos dio con esa patética rima, tan infantil como política. Saud tensó todo su cuerpo como accionado por un secreto resorte. Pero la cosa no fue a mayores. Estaban todos demasiado absortos en la contemplación de su dios, encerrado en una vasija, como un vulgar efrit pluriempleado que tiene demasiados amos como para complacer a ninguno.

Somos los hombres los que hacemos a los dioses a partir del barro, les insuflamos vida con nuestra verborrea y nuestro fanatismo y luego nos hundimos en las tinieblas de una pataleta existencial cuando se quiebran. Y yo creyendo que mi rima era pueril...

Era el momento más solemne de aquella mascarada triste. Todas las farsas que se toman en serio resultan amargas y esta no podía ser menos, con tan ilustres actores. La vasija fue pasando de mano en mano con reverencial parsimonia.

El oficiante de tan anodina representación pidió que le trajeran telas preciosas con las que cubrir -al término del ritual- el caliz de la desvergüenza, que era lo único que podría unir a los presentes.

Un espigado funcionario árabe me precedió en la lista de premiados. Cuando tuve a dios entre mis manos, intenté echar un vistazo de reojo a lo que contenía aquel idolatrado recipiente.

Entonces la ví. Llevaba las más hermosas telas en sus brazos. Seguía cubierta de arriba a abajo pero sus ojos se cruzaron con los míos y el efecto en mi alma, mortal y pecadora, fue como el de un choque de trenes expreso.

Me reconoció de inmediato y no pudo evitar soltar un breve gemido de alarma. Mi maldita lengua me había perdido una vez más. Que razón tenía Groucho: La lengua es ese órgano sexual que algunos degenerados usan para hablar. Y yo había sido el degenerado más inconsciente que Arabia conociera.

Juro que no lo hice a propósito, ni para distraer la atención de la muchacha.

Se me cayó la vasija de forma totalmente accidental, impregnando el aire de un rancio olor a gasolinera de interiores. Sentí como el odio de los aistentes me taladraba, emponzoñado con el veneno de la intolerancia. Oriente y occidente, juntos y en mi contra.

Sólo se me ocurrió decir:

- ¿Han... considerado ustedes las ven... tajas del politeísmo?

Lo peor es que no pude disimular mi erección.

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La comida no es tan mala como dicen y Saud ha prometido que se armará un escándalo en Occidente en cuanto consiga pasar la información a sus contactos.

Pero lo cierto es que no tengo tiempo para disfrutar de más escándalos a mi costa.

En dos días seré ajusticiado, en mitad de ninguna parte. Lo hará un verdugo cualquiera, que me reducirá a la condición de número por última vez

Y todo por fijarme en una chica en una ceremonia de genocidas, adoradores de un dios que resultó ser una vasija llena de petróleo sin refinar. Me está bien empleada esta muerte tan vulgar. Es condenadamente pertinente.

Las palizas han sido soportables y me han asegurado que se respetará mi último deseo.

He pedido que me desaten las manos media hora antes del final y que me permitan unos minutos de intimidad y onanismo.

Necesito hacerle un último homenaje a mi Salomé de bazar.

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3 Abril 2006

LA PARANOIA Y LAS MONJAS VOLADORAS

La realidad se sustenta sobre frágiles engranajes convencionales. Ninguno de ellos tiene importancia por sí mismo, pero todos juntos hacen posible la continuidad en nuestra percepción de normalidad.

Quizá el pilar más esencial de ese delicado equilibrio esté constituido por las monjas que pueblan los aeropuertos de medio mundo.

No importa hacia dónde vayas o en qué dirección del recinto aeroportuario mires. Más tarde o más temprano las verás. Están ahí. Suelen ir en parejas o en pequeños grupos (es decir, que su organización numérica es análoga a la de una película porno, aunque sus diálogos son más abundantes...)

Uno de esos grupos ocupaba por completo el campo visual de Pierre Defoto, convertido en fugitivo de la justicia por las veleidades del azar y de la Agencia Tributaria.

Parapetado tras un ridículo equipaje, -demasiado insignificante para el viaje que pretendía realizar- demostraba su condición de inexperto en las lides del "arte de la fuga".

Nuestro aprendiz de Bach maldecía su mala suerte en el momento en que apareció su contacto.

- Pierre, Pierre... ¿Qué coño estás haciendo ahí plantado, como un pasmarote?

La voz de Fernando sonaba entre incrédula y divertida.

- Tengo la sensación de que aquel grupo de monjas es más de lo que aparenta ser -dijo el insigne articulista de la prestigiosa publicación "Hogar Y Cactus" y bla, bla, bla... circunspecto.

- Hacienda no tiene espias en nómina, Pierre, y mucho menos disfrazados de forma tan llamativa. No seas cretino.

- ¿A tí te parece normal ver a tantas monjas juntas en un aeropuerto?

- Llevo quince años realizando operaciones de todo tipo en este aeropuerto y no ha habido ni una sola ocasión en que no haya visto monjas. Además, sólo son cinco. En este momento debe haber cien abogados por aquí. Y doscientos carpinteros. Y quinientos funcionarios... Sólo que no los reconoces porque no llevan "uniforme". Las monjas son un conjunto muy poco numeroso en realidad.

- ¿A cuántas has interrogado en esos quince años? No me mientas...

Fernando le miró de reojo, con severidad, dando a entender que no era conveniente hablar de su trabajo en mitad de la terminal. Luego, sin apenas darle tiempo para que esbozara una disculpa, extrajo un pequeño pañuelo del bolsillo interior de su chaqueta.

- Aquí tienes tu nuevo pasaporte. -dijo más bien ufano- No metas la pata esta vez.

Defoto observó con disimulo el documento que Fernando le tendía. Alzó una ceja con desaprobación.

- ¿Era necesario este apellido?

- Eres el mayor experto del mundo en los entresijos de esa familia. Son muchísimos y los has entrevistado a todos infinidad de veces. Todo el mundo creerá que eres uno más.

La monja más anciana parecía dar ordenes a las demás, que cuchicheaban sin rubor alguno.

- Estoy nervioso -susurró Pierre.

- ¡Olvídalo! Estás paranoico. Te crees demasiado importante. No se inicia una investigación internacional cada vez que alguien deja de donar semen a Hacienda. ¡Métetelo en la mollera! Este es un documento perfectamente legal. Destierra tus miedos. ¡Y ahora vete, que perderás el avión!

Por toda despedida, ambos se estrecharon las manos. Luego Defoto se dirigió al mostrador con cara de cordero degollado.

Fernando tuvo tiempo de escuchar a la chica que le atendía mientras se alejaba.

- Muchas gracias, señor Jurfendu.

Pierre pasó el control policial y se perdió entre la multitud en el preciso instante en que una de las monjas se acercaba a Fernando y le preguntaba la hora.

- ¿Cómo lo conociste? -dijo la superiora entre dientes.

- Coincidimos en Egipto mientras él escribía sobre unas crónicas arqueológicas del viejo Ayerch que podían suponer un peligro para la seguridad nacional. Tuve que distraer su atención, dejándole caer en qué trabajaba, pero sin mencionar el verdadero motivo de mi estancia allí..

- Ahora no podremos seguirle con facilidad. En ese destino que ha escogido las ordenes religiosas están prohibidas y no tenemos otros agentes disponibles...

- Oye, -interrumpió Fernando- ¿habéis probado a disfrazaros de otra cosa alguna vez? ¡Que sé yo...! De abogados o carpinteros o funcionarios... Así nadie sospecharía. Creo que hasta el idiota ese se lo ha olido esta vez.

- ¡No digas gilipolleces! Todo el mundo sabe que las monjas deambulan por los aeropuertos como Perico por su casa. Es un fenómeno natural más que constatado y una coartada perfecta para nosotros. No podemos abandonar las prácticas clásicas más efectivas de la profesión. ¡Hala! ¡A disfrazarnos de cualquier otra cosa por tus caprichitos! Todavía hay normas en la "compañía", ¿sabes? Y una de ellas es no proporcionar documentación a un fugitivo. Explícame qué pretendes con todo esto...

Fernando empezó a sonreir abiertamente.

- Pierde cuidado -dijo-. He descubierto que hay un estúpido en Internet que describe cada uno de los movimientos de Defoto en su bitácora. Ya no tendremos que mover ni un dedo.

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29 Marzo 2006

DESCUIDANDO LA HACIENDA

Antes de que se preguntara porqué le habían hecho pasar a una habitación vacía, sin luz natural y con apenas un espejo y un diván por todo mobiliario, la funcionaria le alcanzó un bote de plástico.

- Aquí tiene, procure no derramar nada por fuera, por favor. Si lo requiere, hay revistas “especializadas” en la cajonera que hay bajo el diván.

Defoto comprobó su propia cara de estupefacción en el espejo y acertó a decir:

- ¿Perdón? ¿Qué se supone que debo hacer con esto?

- ¿Me está usted tomando el pelo? –respondió, levemente airada, la funcionaria. Luego, al ver el rostro de Pierre, comprendió que la pregunta iba en serio.

- ¿Usted qué cree? ¡Eyacular! Para eso le hemos llamado ¿no?

Esta vez, Defoto si que no podía dar crédito a sus oídos.

- ¿Desde cuando la Agencia Tributaria es un banco de semen?

- Vamos a ver… ¿A usted no le han explicado nada o qué?

- No. Yo sólo vine porque recibí una notifica…

Por toda respuesta, la funcionaria abandonó la habitación haciendo un gesto con la cabeza para que Defoto la acompañase. De nuevo en la sala contigua, le invitó a sentarse mientras consultaba su expediente ante el ordenador.

- ¿Su nombre es Pierre Defoto?

- Sí, soy el mítico reportero de la revis…

- ¡Joder! Sí, “Hogar y Cactus”. De acuerdo. Es la enésima vez que dice usted eso en este puto "blog". Responda sencillamente a las preguntas y no me cabree… ¿estamos?

- Yo prefiero llamarlo “cuaderno de bitácora”. “Blog” suena tan imperso…

- ¡¿Estamos?!

- Estamos, estamos.

- Bien – la funcionaria tomó aire antes de continuar, como si invocara a la paciencia desde su pequeño cubículo físico y mental- Según tenemos entendido, usted mantiene relaciones sexuales con una extranjera.

- Oh, es mucho más que eso. Nosotros est… ¡Oiga! ¿Y a usted qué le importa? Es mi vida privada.

- Créame, a mí me importa una mierda su vida privada. Pero al Estado le incumbe. Y el Estado somos todos.

Entre la sorpresa y la curiosidad, Pierre se animó a preguntar:

- ¿Cuántos son todos exactamente?

-¿Y eso a qué viene ahora?

- Bueno, yo… sencillamente me gustaría saber cuánta gente se entera de a quién me estoy follan…

-¡Señor Defoto! -tronó la funcionaria- Mi paciencia tiene un límite… ¿Se está usted folland… digoooo… mantiene usted relaciones con una extranjera, sí o no?

- Será extranjera para usted. Para mí es como mi propio hogar. Y no todo es folleteo, ¿eh? Hay mucho más...

- ¡Responda a la puta pregunta, cenutrio!

- Sí, si… relájese. ¿Venden valium aquí? Si quiere le compro uno. La veo altera…

-¡Cállese! ¿Usted se ha creído que esto es una farmacia?

-¡Coño! Yo que sé… Como se dona semen…

La funcionaria decidió coger el toro por los cuernos y acabar cuanto antes con el absurdo compromiso que había adquirido con tan petulante contribuyente.

- Mire, se lo voy a explicar rápidamente. Usted le debe semen al Estado, ¿se entera? Es parte de sus impuestos.

-¡No jodas!

- Con usted ni aunque me atasen, gilipollas. Si vuelve a faltarme al respeto le corto lo poquito que le cuelga.

- Me callo

- Hace bien. La cuestión es que está usted desperdigando alegremente bienes nacionales en territorio foráneo.

Defoto cada vez comprendía menos.

- Oiga, sin ánimo de ofender. ¿Qué es lo que ha dicho que estoy haciendo? Es que no me entero.

- ¡Que está usted corriéndose alegremente en, sobre, dentro, alrededor y/o debajo del cuerpo de una sudaca, cojoneeeeees!

- ¿A usted quién le enseño las preposiciones, señorita? ¿Coco el de Barrio Sésamo? Muy mal ¿eh? Le sobra…

-¡Soy señora! Y me está usted inflando los ovarios…

Pierre intentó ser prudente.

- No se preocupe. No volveré a… Tengo pastillas de esas para la aerofagia en mi maletín. Si quiere le deshincho los… -la mirada de la funcionaria atravesó a Defoto de lado a lado- Así que señora, je, je… ¿Y tiene usted críos? ¿Pequeñitos quizá?

El bufido se escuchó a varios años luz de distancia.

-¡Basta! La cuestión es que usted debe donar al menos un cuarenta por ciento de las emisiones que deposita en propiedades extranjeras.

- ¿Y eso cuánto se supone que es?

- Bueno, este no es un país totalitario. No le espiamos para saber cuántas veces… Digamos queee... no le espiamos tanto ¡vaya! Dejémoslo así. O sea, que nos atenemos a la media de tres veces por semana. Eso hace un total de…

- Tres veces por semana lo hará usted, frígida de… Es decir... que me niego, ¡coño!

- Está usted incurriendo en desobediencia civil y en fraude fiscal –dijo la funcionaria sin pestañear.

- ¡Pues me largo de aquí alegremente, porque me sale del fraude! –resolvió Pierre levantándose y dirigiéndose hacia la puerta.

La funcionaria cambió súbitamente de actitud e intentó quemar una última nave.

- ¿Dónde está su sentimiento patriótico? ¿Qué va a ser de la unidad nacional? Con tanto inmigrante, sus hijos serán unos delincuentes callejeros e ignorantes como todos los latinos. Hablarán como en una puta telenovela barata. ¡En espanglish, además!

Defoto se volvió una última vez hacia la funcionaria. La seguridad había vuelto a formar parte de su tejido nervioso.

- Mis hijos, si me da la gana de tenerlos, hablarán como Cortazar, como Borges, como Rulfo, como Fuentes, como Gallegos, Como Bryce Echenique, como Julio Ramón Ribeyro, como Martí, como Benedetti, como Gabo y como tantos otros –españoles también, no crea- que, al contrario que usted, persiguen sus sueños sin importarles el coste. Prefiero eso mil veces a que vegeten tras una mesa, de nueve a cinco, esperando un cheque a fin de mes pagado por ese Estado que tan interesado está en saber con quién me acuesto. ¡Métase la “unidad nacional” y su espanglish por el “blog”!

- Desde este momento es usted un prófugo de la justicia. Ya me encargaré yo de ello –añadió la funcionaria con un profundo odio y rencor.

Por toda respuesta, Pierre Defoto (¿hemos dicho ya que es el insigne colaborador de la prestigiosa publicación “Hogar y Cactus"? Ah, ¿sí?) dio un portazo y abandonó el edificio.

Una vez en la calle, tomó aliento y, abriendo su teléfono móvil, marcó un número de memoria.

- ¿Cariño? Sí, soy yo. Tengo una buena noticia y una mala… sí… la mala es que soy un fugitivo… sí, como lo oyes… Hacienda. Ya te contaré… Tendré que enviar mis artículos por correo electrónico… No te preocupes… ya hablaré yo con el redactor jef… ¿Qué? ¿Qué cuál es la buena noticia? La buena es que… toda esta situación…esto de huir y tal… sí… en fin que… vamos… cómo te diría… ¡me pone cachondo!

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29 Marzo 2006

EMPLEADO DEL MES

Intentó llegar a una solución pacífica.

- ¿Podemos llegar a un acuerdo? – dijo con su más flemático acento.

- Lo dudo mucho. Esta postura es incomodísima. No pienso tolerar que me entierren así, de cualquier manera. Tiene usted que comprenderme.

Otro cadáver recalcitrante. Ya era el quinto este mes. Y además era un puñetero crío. Algo debía estar funcionando mal en alguna parte. Los engranajes de la muerte emocional se habían descompasado a ojos vista.

Se produjo un silencio incómodo. Vergessen llevaba en este negocio más tiempo del que le importara recordar y nunca había tenido que enfrentarse a este tipo de situaciones tan anómalas. Trató de hacer memoria y analizar los posibles cabos sueltos.

Los Campos del Olvido” no son una necrópolis cualquiera. Sólo los mejores pueden trabajar aquí. La tierra ha de seleccionarse con un cuidado exquisito y lo mismo puede decirse del mármol. Además se requiere una pericia excepcional para hacerse con el manejo de las herramientas –muy específicas- que se emplean en este lugar.

Luego está la imprescindible confidencialidad que hay que mantener en todo momento. El más mínimo desliz tendría consecuencias inimaginables, además de implicar la pérdida automática del empleo. Nadie debe saber lo que ocurre con la maraña de sensaciones, sentimientos y recuerdos que quedan atrapados al otro extremo de un cordón umbilical de neocórtex necrosado. Por descontado, todos y cada uno de esos conjuntos únicos e irrepetibles de experiencias terminan aquí.

Y aquí es donde empieza la tarea de Vergessen. Nada demasiado complicado cuando se atesora la experiencia y el saber hacer de quien ha sido empleado del mes en más de 2000 ocasiones.

Rutina.

Sin embargo, esa labor diaria no incluía tener que negociar con los finados. Hasta que hacía poco más de tres semanas, uno de los cadáveres se revolvió en su caja con gran descontento.

Ese había sido el primero y despertó una malsana curiosidad en Vergessen, por considerarlo un ejemplo de singular rareza.

Pero en todos los casos se repetía el esquema de aquel. Por algún motivo había un fallo, una especie de pespunte en la cadena normal de los acontecimientos.

Era evidente que aquellos finados seguían conociendo la identidad de sus antiguos huéspedes. Algo impensable después de la extracción.

Vergessen tenía la garganta seca. Se ajustó la corbata con un gesto decidido, carraspeó y comenzó a capear el temporal como mejor sabía.

- ¿Y dices que tu huésped era...?

Para ser un cadáver, este respondía a las preguntas con una vitalidad impresionante.

- Pierre Defoto, el célebre redactor de "Hogar Y Cactus". Supongo que habrás leído alguno de sus artículos.

- Aquí no podemos acceder a la prensa. Está prohibido –dijo Vergessen alzando una ceja con desaprobación.

La expresión del finado hubiera sido de sorpresa si no fuera por el rigor mortis, que no le permitía expresarse demasiado. Antes de que pudiera articular palabra Vergessen prosiguió.

- Mira, tienes que asumir que tu conexión con ese tipo se acabó. Te voy a traer un ataúd más cómodo y me lo curraré para que tengas la mejor vista, pero no me pidas más. Todos estos favores me los descuentan del sueldo. Así que tengamos la fiesta en paz.

Los ojos vidriosos de aquel montón de vivencias acumuladas no denotaron emoción alguna al escuchar el parlamento de Vergessen. Meditaba en silencio su respuesta, con la mirada fija en algún punto de la gastada chaqueta de paño de su enterrador.

Finalmente salió de su ensimismamiento y dijo:

- Tendremos la fiesta en paz con una condición.

- Ya empezamos –dejó escapar Vergessen -. No hay condición que valga. No estás en posición de imponer nada. Ni siquiera estás vivo.

- Pero puedo hacerte la vida imposible.

- ¿Cómo puedes estar tan seguro?

- Porque soy un pasivo-agresivo muy terco. Ya lo era en vida y ahora no voy a cambiar de actitud por las buenas ¿no? En cuanto te descuides haré que tu trabajo sea más desagradable que tener a un hipopótamo bailando sobre tu ombligo. Sé perfectamente que tu sólo eres un mandado aquí, pero ese no es mi problema sino el tuyo. A cambio de cierto favor, te doy mi palabra de que no daré problemas.

Metomentodo y engreído. Lo que faltaba. Vergessen ya no tenía edad para aguantar impertinencias de muertos que ni siquiera habían llegado a la adolescencia. Sin embargo, decidió ser paciente y tratar de seguirle el juego a aquél descarado.

- Está bien. ¿Cuál es la condición?

- Quiero hablar por teléfono con Pierre y que me confirme que no desea mi regreso.

- ¿QUÉ? ¿Pero tú sabes lo que me estás pidiendo?

Vergessen apenas podía disimular su ira. El mocoso había ido demasiado lejos. Y su consternación aumentó al escucharle hablar una vez más.

- Es lo justo y tú lo sabes.

¿Lo justo? Vergessen no había oído hablar de justicia en todos sus años de servicio. La justicia no tiene nada que ver con esto. Todo es mucho más sencillo que eso.

-¿Y bien? –insistió el petulante fallecido.

En los cambios de turno los enterradores aprovechaban para charlar un rato (al fin y al cabo era un trabajo muy solitario hasta que habían empezado los problemas). Y a veces se transmitían unos a otros consejos, técnicas, advertencias e incluso viejas historias del camposanto.

Existía una vieja centralita en el borde noroeste del recinto. De cuando en cuando se recibía una llamada y alguno de los inquilinos debía ser resucitado para regresar al mundo real. No era frecuente, pero ocurría. El proceso de resurrección era árduo y te podías pasar todo el día trabajando para cumplir el plazo impuesto. Un auténtico coñazo.

Pero jamás se debía permitir el proceso contrario. El entonces decano de los enterradores le había contado a Vergessen -hacía más de 30 años- lo que ocurría si se permitía que uno de los cadáveres contactara por teléfono con su antiguo propietario. La rebelión era generalizada y algunos de los mejores enterradores de El Campo del Olvido habían sufrido heridas mortales en acto de servicio por esa causa. Condenabas a millones de personas a seguir sufriendo por cosas que debían haber olvidado.

No se podía cometer un error mayor.

Entonces, Vergessen decidió jugárselo todo a una carta. Engañaría al pequeño hijo de puta ese. Un poco de riesgo después de tanto trabajo sería bien recibido por sus cansadas neuronas.

- ¿Recuerdas su número de teléfono? –dijo ocultando una sonrisita culpable.

- El de su móvil sí. ¿Aceptas pues?

- Acepto.

Vergessen estrechó la gélida mano que le ofrecían y luego cargó con el cuerpo hasta la centralita. Tras depositarlo en un taburete que había visto días mejores, limpió de polvo unos auriculares y un viejo micrófono y se los colocó como mejor pudo al interfecto que tan burdamente había intentado chantajearle. Luego marcó el número ante la atenta mirada del muerto y dijo:

- Debo abandonar la estancia. No se me permite ningún contacto con el exterior y no quiero ser despedido por tu causa. Esperaré fuera a que termines.

Sin esperar el asentimiento de cabeza de aquel imbécil, Vergessen abandonó la habitación y con gran sigilo corrió hacia la puerta trasera, y entró sin ser visto en la sala de máquinas donde pudo cambiar rápidamente la conexión y desviarla a otro aparato interno. Esperó unos segundos y contestó impostando la voz.

-¿Diga?

- ¡Pierre!

- Sí, soy yo, ¿qué desea?

- ¿No me reconoces? ¿Qué carajo te pasa en la garganta? ¿Estás ronco?

- Tengo un ligero resfriado caballero. ¿Quién es usted?

En un esfuerzo desesperado, el finado narró todo un cúmulo de sensaciones, sentimientos, alegrías y sinsabores que supuestamente pertenecían a su interlocutor. Luego pidió socorro entre sollozos.

Vergessen estaba aturdido. Nunca en su vida había llegado a conocer tan bien un período concreto de la vida de alguien como aquel que acababa de escuchar sobre el tal Defoto. La información fluía a través de él como la electricidad en una sinápsis. Aquel era el verdadero significado del poder.

Se apresuró a responder.

- Oiga. No sé de qué me está hablando. Hágame el favor de dejarme en paz.

Colgó sin esperar contestación y saboreó inquieto su pequeño triunfo. Pero antes de que pudiera levantarse no pudo evitar escuchar una voz que surgía de la nada:

- ¿Hay alguien? ¿Me oye alguien?

Era la línea de la llamada original.

Mierda.

- ¿Hay alguien ahí?

El verdadero Pierre Defoto. Esta vez no era un engaño ni un simulacro. Si contestaba podía manipular la vida de ese tipo a su voluntad. Como si fuera un dios. Sus manos se aferraron al micrófono.

- ¿Me escucha?

-¿Quién es?

Estaba violando la norma más importante del cementerio. Pero no podía sustraerse al embriagador aroma del conocimiento. Podía ser el marionetista experto que controlaba los hilos del futuro de Pierre Defoto, el célebre reportero de “Hogar Y Cactus”...

- Pierre...

-¿Sí?

Tenía en la punta de la lengua todo lo que sabía de su interlocutor. Y tomó una decisión.

- Defoto.

- ¡Sí, coño! ¿Me quiere decir qué quiere de una vez?

- Me debes una.

De un manotazo arrancó el cable del panel interrumpiendo la comunicación. Luego se secó el sudor y fue a buscar a su insoportable acompañante. No le había escuchado llamar pero no era extraño.

Cuando entró en la habitación contigua lo encontró en avanzado estado de putrefacción. Ya no estaba en condiciones de molestar.

No lo estaría nunca más.

Vergessen abandonó la centralita con el trofeo de su pírrica victoria sobre los hombros. Canturreó una alegre melodía mientras se repetía a sí mismo que no regresaría a aquella esquina del camposanto. Había pasado por encima de la tentación y esta había perdido todo sentido para él.

Esta vez se había ganado a pulso el título de empleado del mes.

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29 Marzo 2006

SERVICIO POST-VENTA

-¿Su pedido ha sido entregado con retraso?

- No. La verdad es que han hecho gala de una puntualidad encomiable.

- ¿Hay algún componente roto o defectuoso en su funcionamiento?

- Que yo sepa no.

- ¿Le ofende nuestro producto de alguna manera; va en contra de su moral o vulnera alguno de sus principios y/o creencias religiosas, filosóficas o políticas?

- En absoluto.

- ¿Ha intentado agredirle o ha puesto en peligro la seguridad de quienes le rodean en su entorno laboral, social o familiar?

- Qué va.

- En tal caso, ¿podría usted indicarme la causa que ha motivado su llamada?

- Bueno... para empezar, esperaba que fuera un poco más alto y algo atlético.

- Nos atenemos estrictamente a su realidad y características concretas señor Defoto.

- Lo sé, lo sé, pero... ¿Era necesario que hablará tanto? Desde el momento de la entrega tengo la cabeza embotada por culpa de tanta palabrería.

- Insisto en que nos hemos basado en el modelo con gran fidelidad. Según su ficha, tal verborrea exasperante era una cualidad esencial del producto.

- Eso resulta algo insultante, pero debo admitir que no deja de ser cierto...

- ¿Algún otro motivo de queja caballero?

- ¡Camina como un pato!

- Seguimos patrones preestablecidos en todo lo que respecta al sistema locomotor. Y los suyos han sido reproducidos con altísima precisión y exactitud.

- Oiga, ¿sugiere acaso que yo...?

- No sugiero nada, señor Defoto. Tan sólo aclaro un malentendido.

- Malentendido... Tiene gracia que lo llame así. Además, vive en... en... "Madrid". ¿Dónde coño está eso? ¿Qué clase de ciudad tiene un nombre tan ridículo?

- Es una villa situada en la meseta de un país bárbaro del norte. Usted accedió a otorgarnos bastante libertad en ese sentido e incluso solicitó vehementemente que nos tomaramos ciertas licencias poéticas con respecto a los hábitos, vida laboral y ubicación del sujeto.

- Yo escribo en la publicación científico-artística más prestigiosa del mundo, señorita. Este tipejo sólo escribe bazofia en Internet. Tiene un patético diario de bitácora con el grotesco título de "El Neumococo Chochiflán". ¿Sabe lo que harían los ilustres miembros de la familia Jurfendu si se enteraran de lo que ha escrito sobre ellos? ¡No dejarían de él ni los huesos! Y no queda ahí la cosa... Se ha permitido el lujo de añadir una sarta de mentiras sobre mi persona. Es un calumniador nato y un bufón indigno de mí.

- Lamento comunicarle que esos datos no son computables como reclamación.

- ¡Me importa un pimiento! ¿Qué clase de horario de trabajo es ese? Nunca se sabe cuando empieza ni cuando termina. Me persigue a todas horas con su estúpida sonrisa y cuenta las mismas anécdotas una y otra vez. Por las noches sigo escuchándole a través de la pared. ¡Hasta cuando folla cuenta chistes!

- No es necesario que sea usted soez señor Defoto. No ha lugar a la utilización de palabras como "chiste" en esta conversación. Debe comprender que es de muy mal gusto.

- Si quiere que deje de soltar tacos, admita mis reclamaciones. Exijo la devolución de mi dinero y que retiren inmediatamente a ese adefesio de aquí.

- El contrato es muy explícito a este respecto. Sólo se admitirán devoluciones de productos caducados, con defectos de fábrica o entregados con un retraso anormalmente largo. En su caso, el artículo ha cumplido con creces todos los requisitos de control de calidad.

- ¿Con esa cara? ¿Me está tomando el pelo o qué? Es un producto impresentable. Voy a a demandarles y pediré una indemnización tan enorme que tendrá usted que ir en ropa interior a trabajar

- Le ruego que deponga su actitud hostil o me veré obligada a poner fin a esta comunicación e informar a mis superiores.

- Está bien, está bien, ya me calmo... pero hágame el favor de decirle algo de mi parte a "sus superiores".

- De acuerdo. ¿Qué debo decirles?

- Cuénteles que he dicho textualmente lo siguiente...

- Usted dirá señor Defoto.

- ¡VAYA MIERDA DE ALTER-EGO!

¡CLICK!

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29 Marzo 2006

NECROSIS

-El suyo es un caso de diagnóstico inequívoco. Me atrevería a decir que es un ejemplo de manual.

- Pero, ¿entonces…?

- Necrosis aguda en el cordón umbilical del neocórtex, señor Defoto. Hágame caso, lo mejor es extirparlo cuanto antes.

El rostro del doctor era de una inexpresividad hiriente. Pero aún me enervaba más su absoluta certeza acerca del origen de mis males.

¿Cómo había empezado todo esto? Hasta hacía apenas dos semanas yo era una persona razonablemente sana…

- Tómese su tiempo si quiere; pida una segunda opinión. Está usted en su derecho. Si quiere alargar su dolor innecesariamente, allá usted...

Me resultaba imposible concentrarme con aquel imbécil. Pero tenía razón.

A mi regreso del Mar de la Tranquilidad (célebre sanatorio de Burkina Faso donde me recuperé de una seria insolación que sufrí en algún lugar de la M-30) comencé a acusar los efectos de un dolor lacerante localizado en el área más oriental de mi despejada frente.

Para mi enorme sorpresa y consecuente estupefacción, comprobé en un espejo que de tal área de mi preclaro cerebro surgía una protuberancia oblonga y palpitante, surcada por venas y arterias de un color sospechosamente parduzco y que desprendía un olor a humedad y putrefacción igualmente inquietante.

Cómo acabé en el consultorio de aquel petulante matasanos cuya seguridad en sí mismo rayaba la impertinencia sigue siendo un misterio para mí. No obstante, mi principal prioridad en aquellos momentos era deshacerme del dolor de una vez por todas.

El doctor, cómo no, también tenía algo que decir al respecto.

-Es mi deber advertirle, dijo impertérrito, que el dolor no desaparecerá de inmediato tras la operación. Es más, seguirá usted padeciéndolo durante un período indeterminado que suele durar entre un semestre y varios años. Será un compañero terriblemente fiel con el que tendrá que aprender a vivir hasta que, progresivamente, remita por completo.

- ¿Y de qué me sirve...?

-Déjeme usted terminar señor Defoto. Para sobrellevar esta situación con entereza y dignidad iniciaremos un tratamiento post-operatorio que tendrá que seguir a rajatabla. En cualquier caso, hay dos cosas que usted no debe hacer en ningún momento.

- El suspense me mata, dije sin aparentar la más mínima curiosidad.

- En primer lugar, jamás se acostumbre al dolor. Es algo natural, pero no se puede ceder con resignación ante lo evitable. Hay gente que va abandonando parcelas de su realidad al dolor hasta que este se apodera de ellos por completo. Usted no será una de esas personas. No lo permitiré. Cuando se cae en esa espiral de dolor, este se torna agradable. Y arrastrado por esa dinámica, se convertiría usted en una especie de alma en pena insoportable.

- ¿Cómo de insoportable?

- Peor incluso que el típico cuñado que se empeña en ser simpático en todas las bodas.

-¡Qué espanto!

- Lo es señor Defoto, lo es. Nosotros lo llamamos “Síndrome de Esto-es-el-colmo”.

Aturdido ante tan terrible revelación, quise cambiar de tema cuanto antes.

- ¿Cuál es la otra cosa que debo evitar? – dije tragando bilis.

- Como usted sabe, la medicina ha avanzado muchísimo en la última década en el tratamiento del dolor. Hemos llegado en muchos casos a solventar el sufrimiento mucho antes que las enfermedades que lo provocan. Esta es una tendencia loable y con la que no podría estar más de acuerdo. Sin embargo, no se puede olvidar ni por un momento que el dolor sólo es un síntoma del mal que aqueja a nuestro cuerpo. Una señal de alarma de nuestro organismo. Y en contadas ocasiones –la suya entre ellas- es el único indicador fiable del avance del tratamiento. ¿Me sigue?

- Mucho me temo que sí –le espeté

- Hay profesionales que no merecen tal nombre señor Defoto. Galenos que aseguran hallarse en posesión del Santo Grial que todo lo cura. Esa gentuza avergüenza a nuestra noble profesión. No todo se arregla con gazpacho de Prozac y tinto de verano. Lo que quiero decir es que va usted a recibir sugerencias muy tentadoras de medicuchos que le propondrán remedios fantásticos a su problema.

- ¿Cómo cuales?

- Le contarán que implantando un nuevo cordón en el lugar de donde surgía el extirpado todos sus dolores desaparecerán de inmediato.

- ¿Y es eso posible?

- ¡De ningún modo! Es la mayor irresponsabilidad que podría usted cometer. Ese tipo de operación produce un contagio inminente en alguna o algunas de las personas con las que usted trate a menudo. Sería usted un virus con piernas. ¿Me explico? En lugar de acabar con su sufrimiento lo extendería como una plaga. Siga mi tratamiento y con el tiempo, cuando el dolor haya desaparecido, es posible que le nazca un nuevo cordón en otro lugar de su cerebro. Eso no debe preocuparle. Es una excelente señal. Pero en el sitio donde se encontraba el anterior sólo debe quedar una cicatriz. Es necesario que esa cicatriz exista. Su presencia le ayudará a evitar otra necrosis.

Tal vehemencia terminó por convencerme. A las pocas semanas ingresé de nuevo en la clínica para someterme a una operación de urgencia. El equipo del doctor intentó tranquilizarme, pero no pude evitar ver que uno de ellos llevaba sombrero de fieltro y gafas de sol. Aquello era totalmente anti-higiénico.

- ¿Quién diablos es ese hombre? ¿Cómo le dejan entrar en un quirófano de esa guisa? –grité.

- Haga usted el favor de calmarse señor Defoto, (era la voz relajada y orgullosa del doctor que me había metido en este lío); este es el doctor Blues, que hoy hará las veces de anestesista y que será el responsable de su tratamiento post-operatorio.

Alcé la cabeza con horror. No podía dar crédito a mis ojos. Aquel doctor era…

- Este anestesista, ¡es John Lee Hooker! ¿Qué diablos está pasando aquí? John Lee Hooker no es médico y lleva años criando malvas…

- Está usted disparatando señor Defoto. El doctor Blues lleva toda la vida con nosotros y siempre estará entre nosotros.

Intenté articular otra queja pero mis labios no se movieron. La anestesia estaba empezando a hacer efecto. Juraría que podía escuchar los acordes de "The Healer" mientras cerraba los ojos.

Ha pasado cierto tiempo desde aquella intervención quirúrgica. El dolor se hizo soportable y finalmente, con la ayuda del doctor Blues (que me sigue recordando sobremanera a John Lee Hooker) desapareció.

No fue fácil.

No fue cómodo.

No fue agradable.

Nunca lo es.

Pero hoy sólo queda una cicatriz. Luce un sol esplendido y vuelvo a trabajar con gran ímpetu para la publicación "Hogar Y Cactus". A veces palpo la cicatriz para asegurarme de que sigue ahí. Pero en estos días hay otro acontecimiento que reclama toda mi atención.

Un poco más arriba, casi en el nacimiento del cabello, me está naciendo otro cordón umbilical.

Su color es rosadito y huele a vida por los cuatro costados.

Y a mí me cuesta no sonreir.

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15 Marzo 2006

SALUDOS, TERRÍCOLAS

Saludos, terrícolas.

Os habla el ente corpóreo Pierre Defoto desde la superficie de la luna.

Ante todo, debo agradecer a nuestro ilustre patrocinador "El Neumococo Chochiflán" que nos haya permitido comunicarnos con vosotros a través de este medio.

No insistáis en conocer de dónde vengo. He olvidado mi procedencia originaria tras mi largo periplo por los confines de vuestra galaxia.

Me avalan excepcionales referencias cósmicas. He visto millones de estrellas, navegado a través de tormentas de asteroides, sobrevivido a largas exposiciones directas a los rayos cósmicos, ultrajado los secretos ocultos de gran parte del universo conocido, observado la aniquilación de civilizaciones con millones de años de antigüedad, escapado de milagro a la metralla del Big Bang y conseguido aparcamiento en primera fila de playa en Alfa Centauri (en plena temporada alta).

Hoy me he posado sobre la superficie de vuestro paupérrimo satélite, para poder contemplar más de cerca el comportamiento de la especie más absurda de la Vía Láctea.

Pero un acontecimiento singular me ha apartado bruscamente de mis investigaciones. Contrariamente a lo que los siglos de exploración y el más elemental sentido común han propugnado durante generaciones, hay habitantes en la Luna.

Y he sido secuestrado por ellos.

Sin embargo, los signos externos -previos a nuestro encuentro- no parecían dejar lugar a dudas.

El ambiente era irrespirable y el paisaje desértico.

La superficie estaba llena de cráteres y abismos de kilómetros de diámetro.

Los surcos provocados por la corriente de agua de las antiguas máreas lunares permanecían ahora secos y sin vida.

Todo en este paraje desolador resultaba inhóspito y caótico.

Hasta que hallé el monolito.

Semi-enterrado en una zanja producida por la intensa actividad sísmica que se produjo hace varios milenios, apuntaba orgulloso una de sus aristas señalando hacia el infinito.

A su alrededor gran cantidad de maquinaria obsoleta e infernal dormía el sueño de los justos.

Hechizado por tal hallazgo descendí cuidadosamente y -tras examinar brevemente- las formas y reducidas dimensiones del citado monolito, procedí a a retirar parte del polvo lunar que lo cubría.

Entonces vislumbré en carácteres lunares y brillantes la siguiente inscripción:

"M-30 Sur. Tramo cortado por obras de mejora. Disculpen las molestias".

Un grito aterrador rasgó de inmediato el tejido del espacio-tiempo. Dos habitantes de la luna habían codificado su lenguaje para que mi cerebro pudiera descifrarlo. El que antes profiriera el grito dijo: "Ahí está" y ambos se abalanzaron sobre mí a gran velocidad.

Mis posibilidades de escape eran nulas. Desesperado intenté alcanzar la parte alta de la zanja, pero los alienígenas, que vestían atuendos de vivos colores reflectantes para sembrar la confusión en mi maltrecho cerebro, me atraparon sin mucha dificultad.

Sin perder un segundo, realizaron un agresivo examen de mi cuerpo (con sus terribles ojos salidos de sus órbitas). Uno de ellos tras palparme la frente en varias ocasiones dijo: "Tiene una insolación de mil pares de cojones".

Sumido en el mayor de los pánicos intenté imaginar qué me podrían estar haciendo mil pares de lo que quiera que fueran los "cojones" esos. ¿Me habrían inyectado algún tipo de parásitos lunares?

Con mis extintas fuerzas alcancé a ver cómo me trasladaban a un pequeño vehículo espacial con la clave "SAMUR" dibujada en su carcasa exterior.

Luego perdí el conocimiento.

Ahora estoy yaciendo en una especie de aposento inmaculado con un extraño olor a lejía.

Me encuentro completamente desnudo y con tan sólo una especie de atuendo de papel barato para cubrirme.

Extraños tubos salen de mi brazo y van a parar a un recipiente colgado de un brazo mecánico inerte. Nada parece sujetarme salvo ese tubo, pero no me atrevo a intentar la huida. Las salidas están vigiladas y desconozco que podría encontrar en el exterior.

Me han amenazado con la pronta visita del Redactor-Jefe de una publicación llamada ""Hogar Y Cactus".

Tengo que actuar con celeridad.

Por el momento, sigo tumbado sobre una cama articulada con la inscripción "Hospital 12 de octubre". A mi lado, otra víctima de los alienígenas me ha sonreído y me ha proporcionado un artilugio con el cual enviaros este mensaje de socorro. Parece ser que lo llama "portátil".

No puedo facilitaros más detalles sobre mi ubicación exacta.

Durante mis observaciones anteriores habéis demostrado ser una especie pueril y salvaje que disfruta con la tortura y el exterminio de vuestros congéneres.

Pero también os he visto realizar actos del más sorprendente heroismo con relativa frecuencia. Y, en cualquier caso, no tengo nadie más a quien recurrir...

Terrícolas, ¡ayudadme!. Organizad una expedición de rescate. Sabré compensaros con creces. Os brindaré los parabienes del conocimiento cósmico, os desvelaré todos mis secretos y...

...¿os he dicho que puedo conseguir aparcamiento en primera fila de playa en Alfa-Centauri?

¡AUXILIOOOOOOOOOOO!

Fin de la transmisión...

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Sólo hay una cosa que me moleste más que no ser tomado en serio: que me tomen demasiado en serio. Y sí, ahora me encuentro mucho mejor que cuando se hizo esta foto, pero gracias por preocuparte.

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