El niño tendría algo menos de cuatro años y el pelo revuelto y ensortijado. Sus ojitos oscuros y vivaces se perdían en el infinito. Su pequeña boca sonrosada describía un arco de curiosidad pueril, inocente pero algo resabiada.
Las rodillas estaban llenas de pequeños cortes, algo típico de los críos de su edad. Debía ser bastante travieso. La inquietud parecía apoderarse de su estampa de chiquillo moderadamente rebelde.
Sin embargo, en una actitud que desmentía su aire de independencia, no había dejado de abrazar la pierna de su compañera.
La chica era otra cosa, desde luego.
Con toda probabilidad era su hermana mayor. Se podían reconocer ciertos rasgos comunes, pero ahí acababa el parecido. Su mirada era más dura, sin dejar de retener cierta dulzura incomprensible, y sobre todo inexplicable, en su interior.
Era difícil aventurar su edad. Su rostro aparentaba ser el de una típica adolescente, pero su cuerpo era el de toda una mujer.
Su piel era trigueña pero ligeramente brillante, sus caderas bien marcadas y redondas, sus brazos -fuertes y delicados a un tiempo- rodeaban al niño como queriendo sustraerlo de su entorno. Sus pechos se adivinaban turgentes bajo la blusa de color parduzco que llevaba, la misma que dejaba entrever un delicioso ombligo por el que más de un Ricardo III hubiera dado su reino. Las piernas estaban ligeramente flexionadas, como si soportaran el resto de su imponente figura con desgana. Y bajo el arco de su nariz, sus labios carnosos, se mantenían entreabiertos, levemente cubiertos por una capa de la tierra rojiza que tanto abundaba alrededor de ellos. Era tan terrenal como infinitamente sensual.
Se sintió avergonzado ante su propia excitación. Temía que el niño se percatara de la lascivia que había tras el objetivo de aquella cámara. Pero sabía que eso nunca ocurriría.
Bajó la cámara y se atrevió a mirarles a los ojos, sin que ninguna herramienta se interpusiera entre ellos.
Se encontraba desnudo y sucio, pero no por su deseo. Eso era algo natural. Su suciedad estaba más adentro, en su conciencia.
- ¿Vas a hacer la foto de una puta vez o qué? No tengo todo el día.
Miró con perplejidad a su colega. Lo sentía más ajeno a él que nunca.
- No puedo... no está bien...
- ¿No está bien? ¿Y ahora me lo dices? ¡Pero si has hecho miles de fotos así antes!
- No de ellos dos... Son diferentes. ¡Bueno, no lo son, pero lo soy yo! Me parece distinto ahora...
- ¡Maldita sea! Sube al coche y vámonos de aquí entonces. Van a regresar de un momento a otro.
Se alejaron a toda velocidad sin dirigirse la palabra durante más de diez minutos, ¿o fueron veinte?
¿Quién sabe?
Peor aún.
¿Quién puede decir que sabe?
Su redactor intentó iniciar la conversación una vez más.
- Un cadáver es un cadáver. Haces las fotos y te vas. A estas alturas no tendría que decirte estas cosas.
- A lo mejor me estoy haciendo viejo.
Lo dijo sin convicción. Le parecía como si por primera vez en su vida hubiera abierto los ojos.
Escucharon los silbidos de los F-16 acercándose mientras abandonaban el perímetro.
Anochecía ya en Beirut cuando llegaron al hotel.
Se detuvo a contemplarlo durante un par de segundos antes de pasar a la acción. El conjunto le impresionó más de lo que hubiera esperado.
Sin duda, Don Cosme conservaba todavía gran parte del porte orgulloso que le había caracterizado desde mucho antes de alcanzar la categoría de mito en los altares de la burocracia. Pero ahora, a su imponente sobriedad se había sumado un aire ligeramente plomizo. Un tufillo a piloto automático que corría el riesgo de devenir apatía. O quizá era esta una percepción distorsionada por los prejuicios que se habían escuchado durante meses en los pasillos del ministerio.
Era el momento de dar la cara. Llevaba semanas ensayando sus diálogos. Sabía que este era un hueso muy duro de roer. En situaciones así, el éxito y el fracaso de una interpretación están separados por milímetros. Sobre sus cabezas colgaba un viejo cartel con la legendaria inscripción "Ventanilla Nº5"
Tragó saliva. Se mentalizó sobre la marcha. La vacilación es un lujo. La mejor defensa es un buen ataque.
- Buenos días, he venido a solicitar una cédula HGX-7 -dijo sin pestañear.
Don Cosme levantó fugazmente la mirada del montón de legajos que tenía entre manos. Durante un instante hubo contacto visual entre ambos.
Rápido y con el grado de insolencia justa. Había empezado bien.
El anciano funcionario volvió a hundir sus ojos entre papeles, dejando que transcurrieran un par de segundos antes de murmurar:
- De modo que una HGX-7, ¿eh?. ¿Ha traído toda la documentación pertinente?
Ni un músculo fuera de lugar. Cada palabra sonaba como si hubiera sido masticada en el interior de la faringe durante siglos antes de ser pronunciada. La cadencia era de una precisión tal que provocaba escalofríos. El reto que ese formidable oponente suponía era tan excepcional como estimulante.
- Por supuesto -sentenció sin amilanarse- tres sellos DK-9 de doce y cinco TR-4 de dos con cincuenta. El timbre Delta Verde, y los permisos Z correspondientes a los lunes. Los ocho.
Dejó escapar un leve tono triunfalista en su voz. La provocación estaba servida.
Don Cosme no consideró necesario dejar de cotejar mecánicamente los expedientes que diseccionaba con sus expertos dedos, pero era evidente que su concentración se había visto mermada, al menos por el momento.
- Cada sello requiere una autorización sectorial específica que...
- Lo sé. He dado por sentado lo de las autorizaciones. Es obvio que me he encargado de los trámites anexos a los párrafos 56 y 921 del artículo 13 de la LOBEI de 2001.
- Aquí no damos NADA por sentado, jovencito.
El énfasis había sido un punto a su favor. Don Cosme no había bramado, pero al menos matizaba. Todo iba según lo previsto.
- Espero que no haya olvidado que sin las correspondientes fotos recien...
- Tres por cada uno de los trámites -dijo como una ametralladora- Tamaño carnet, sobre fondo blanco y recien salidas del horno -se permitió incluso el descaro de chasquear la lengua- ¿Por quién me ha tomado? Yo he hecho los deberes, abuelo.
Si esto último no lo hacía reaccionar, nada lo haría.
Don Cosme cambió notablemente de color. Todo en él era furia contenida mientras se ajustaba las gafas. Luego, soltó todos los papeles con exquisito cuidado y con una mirada directa y fulminante espetó:
- Yo no soy su abuelo, pollo. Le sobra a usted alegría y ligereza y le falta un sobre tamaño...
- F45, aquí lo tengo.
- ¡No me interrumpa! -al fín había alzado la voz- También necesita un volante de certificación y un permiso de...
Por toda respuesta, sacó de su carpeta los formularios restantes y se abanicó con ellos sin el menor pudor.
Don Cosme se levantó de la silla -¡qué gran triunfo!- y gritó:
- ¿Y acaso pretende hacer todos estos trámites de una sola vez, mocoso de mier... jovenzuelo impertinente?
Ya podía saborear su éxito.
- Por supuesto, vejestorio.
El puñetazo en la mesa se escuchó en toda la planta.
- ¡Pues sepa, que según especifica la Disposición Adicional Quinta del Reglamento Interno de Trámites Relativos al Pago de Servicios Prestados un Lunes y No Establecidos A Priori en el Estatuto General, necesita usted una copia compulsada de una solicitud D-60 para la resolución por trámite únicoooooo!
Los ojos de Don Cosme estaban más vivos y llenos de odio que nunca. Todo su cuerpo temblaba como una lavadora en pleno centrifugado.
Aquello era más que suficiente. Decidió poner fín a la farsa con clase y discrección.
- ¡Ah! Pues eso sí que no lo tengo.
Don Cosme cogió todos sus papeles exultante.
- Pues sin eso, que tiene que recoger en la Dirección General de Resoluciones Estrafalarias, sita en la calle del Olvido, 340, todos estos papeles no sirven para nadaaaaa.
El célebre viejo rompió cada impreso en mil pedazos delante de sus narices antes de recuperar la compostura y finalizar con un seco ¡Buenos días!
En la planta baja fue recibido con vítores y aplausos prolongados.
- Enhorabuena -le dijo el jefe de personal- Ha conseguido usted que reaccionara como en sus mejores tiempos. ¡Qué vitalidad!
- Gracias, gracias... La verdad, me había preparado a conciencia.
- Ha sido un logro descomunal, amigo mío. Des-co-mu-nal. Lo hemos hablado entre todos y hemos acordado pagarle el triple de lo convenido.
- No sé que decir. Me siento muy honrado...
- No diga nada... ¡Es usted un artista! La señorita Larrañaga, allí en la caja, le pagará con este vale. ¡Tenga muy claro que le llamaremos de nuevo!
Una última duda le asaltó antes de retirarse.
- ¿Me permiten ustedes una pequeña observación?
- Usted dirá
- ¿No es un poco cruel todo esto?
- De ningún modo -atajó rápidamente el jefe de personal- Don Cosme es una institución reconocida en todo el aparato del Estado. El decano de nuestros funcionarios. Su intransigencia es motivo de universal envidia y unánimes alabanzas, vertidas desde los ministerios de todo el orbe. Pero ya nadie le presenta desafíos. La gente se achica ante su sola presencia. Así las cosas, el único modo de conseguir que mantenga su reputación sin mácula es contratando a gente como usted. Aunque he de decir que, hasta ahora, nadie había llegado tan lejos.
Ruborizado, recibió una ronda más de entusiastas elogios y se despidió de sus empleadores acompañándolos hasta la puerta.
Camino de la caja, no dejaba de pensar en la horrible tarea de Don Cosme, condenado de por vida a ser el dios que destruyera las esperanzas de los miles de sísifos que pasaban a diario por su mostrador.
La voz de la señorita Larrañaga le sacó de sus meditaciones.
- Disculpe caballero. Para hacer efectivo este pago necesito que me adjunte una cédula HGX-7.
-¿Perdón? ¿Cómo ha dicho?
- No se preocupe. Para obtenerla sólo tiene que solicitarla en la segunda planta. Ventanilla número cinco.

80 km/hora
El juego comenzó a interesarle al segundo mes. Pasaba la mayor parte del día fuera de casa. Una canita al aire no perjudicaría a nadie.
En la fiesta de Navidad ocurrió lo inevitable.
90 km/hora
El resto de sus compañeros guardó silencio. Era una de las normas no escritas de la casa. No entrometerse en los asuntos personales de los demás. En cualquier caso, él procuró mantener todo aquello en secreto.
Un secreto a voces.
¡Maldita sea!
Apretó un poco más el acelerador.
100 km/hora
Continuó haciendo un tortuoso repaso mental a sus errores.
Le embelesaba su manera pícara de mirarlo.
Sentir de nuevo ese hormigueo entre las piernas.
Su pelo mojado contra su pecho.
Su lengua entretenida en devorarle los lóbulos de las orejas.
Su cálido aliento en la nuca...
110 km/hora
¿En qué momento había perdido el control de la situación?
Sus manos temblaban, asiendo el volante con inseguridad.
Nunca había tenido control sobre la situación.
Era un poco tarde para darse cuenta.
120 km/hora
Primero fueron un par de quejas cariñosas. Un "trabajas demasiado", acompañado de caricias intencionadas, que él ni siquiera fue capaz de percibir.
Luego llegaron las miradas esquivas, los sollozos sin sentido, los reproches mudos, el dolor de la certeza que se resiste a serlo, la distancia insalvable...
Él vivió su mentira. apurándola hasta el fondo, hasta que se convirtió en un acto reflejo, en un deber diario, en una carga asumida.
En otra rutina más.
130 km/hora
Hasta sus amigos empezaron a advertirle. Intentaron que abriera los ojos. Que viera lo lejos que todo aquello estaba yendo.
Él recibió sus consejos con una mezcla de incredulidad y orgullo. Insistían en que no les quedaba otra opción.
Habían esperado que él mismo se diera cuenta.
Habían esperado a que él tomara una decisión.
Hasta que alguien la tomó por él.
140 km/hora
Era el momento de más trabajo de la mañana. Ella lo sabía. Podría haber esperado hasta la hora del descanso.
Ciertas cosas no admiten demora.
La llamada fue breve pero intensa. Directa a la yugular.
Lo sabía todo.
Había llegado al punto en que no le importaba lo que él hiciera. Pero aún le importaba su vida.
Las palabras "me voy" sonaron como una sentencia. No estaba dispuesto a subir al cadalso sin luchar. Hizo caso omiso a las amenazas de su supervisor. Cogió las llaves de la furgoneta de reparto más rápida.
Se aferró a la esperanza de los que ya no tienen nada que perder.
150 km/hora
Sus manos dejaron de temblar.
Llegaría a tiempo. Ninguna guagua salía de Agaete antes de media hora.
Aceptaría su culpa. Reconocería su error. Haría valer su verdad. Imploraría, pero manteniéndose sereno y firme.
Su única seguridad era que aún la amaba.
La carretera estaba despejada a esa hora.
Su futuro también.
Había tomado las riendas y no las pensaba soltar. Estaba ya muy cerca.
Pisó a fondo.
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80 pulsaciones/minuto
Sabía que la valla de seguridad estaba rota por aquella altura. Corrió a buen ritmo. Encontró el hueco sin dificultad.
Se encaramó de un salto al borde. Estaba decidido.
Había jurado que no desfallecería
Llevaría a cabo el plan con precisión quirúrgica.
Era importante no mirar antes. Ya tendría tiempo de sobra para verlo todo mientras caía.
Sin embargo, el viento parecía obligarlo a desviar su determinación.
La tentación era demasiado fuerte.
Miró hacia abajo.
90 pulsaciones/minuto
Sintió las fuerzas de atracción y de repulsión a un tiempo.
El vértigo.
Sacó el móvil de su bolsillo derecho. Intentó concentrarse en el pequeño artilugio que de tanto le serviría en su venganza.
A sus pies, el vacío le seguía esperando.
100 pulsaciones/minuto
Miró a su alrededor para confirmar que no había nadie alrededor del puente. Se repitió a sí mismo los motivos que le llevaban a estar allí, al borde de la muerte.
Con apenas dieciséis años, sentía como si hubiera experimentado cuatro vidas. Estaba de vuelta del amor, de la traición, de la vida...
Había dejado de ser un niño como los demás.
Un hombre es el único dueño de su futuro.
110 pulsaciones/minuto
Buscó su número en la agenda del teléfono.
Le temblaba el pulso.
Inspiró profundamente. Probó a cerrar los ojos.
No fue capaz.
Una sensación nueva le recorría la medula espinal.
Reptaba por su espalda, enroscándose en su cuello, adhiriéndose a cada poro de su piel, erizando cada vello, impregnándole de sudor frío e inundándole por dentro.
Era miedo.
120 pulsaciones/minuto
Imaginó su rostro una vez más.
Sus facciones se le antojaban más aniñadas que nunca en este instante. Sin embargo era muy mujer. Era la mujer de su vida.
Lo supo desde el primer segundo en que sus miradas se cruzaron en aquel desvencijado patio de instituto.
Había vencido su timidez. Había dejado de tartamudear delante de las chicas. Estaba preparado cuando ella se le acercó aquella tarde.
Cierto. Ella había tomado la iniciativa. Ella inició los escarceos. Ella lo manejó un poco a su antojo. Al principio, se reía de él.
Pronto dejaría de reir.
130 pulsaciones/minuto
Le costaba recordar los acontecimientos en orden cronológico. La memoria le estaba jugando una mala pasada. Los flashes de momentos felices, eternos, interminables, cruzaban su mente colisionando con la conversación de la noche anterior.
Hasta entonces ella le había enseñado casi todo.
Le había enseñado a besar, a amar, a sonreir...
Le había destrozado el corazón.
Él le enseñaría lo que era un corazón roto.
140 pulsaciones/minuto
En casa nadie podía entenderlo. Ella, en cambio, sabía lo que pensaba sin esfuerzo aparente.
Supo cuando había llegado el momento adecuado. Sus padres habían salido esa mañana. Nadie se enteraría de que habían hecho novillos.
Él estaba realmente nervioso, pero ella lo condujo sabiamente. Lo tranquilizó, le dirigió con dulces palabras, lo arropó con su cuerpo de diosa. Le dejó hacer.
La hizo suya con la pasión del primerizo, pero con la seguridad del experto.
Al menos eso había creído él.
150 pulsaciones/minuto
¿Cómo era posible que encontrara a otra persona?
No existía nadie más. No para él.
No había sobre la faz de la Tierra una traición comparable.
Le haría pagar con creces. Escucharía el sonido de su muerte como si fuera una sentencia.
Volvió a mirar al vacío, con desdén.
Sus manos dejaron de temblar.
Su única seguridad era que aún la amaba.
Allá abajo, el barranco estaba despejado a esa hora.
Su futuro también.
Había tomado las riendas y no las pensaba soltar. Estaba ya muy cerca.
Se dispuso a marcar el número.
Dio un paso hacia adelante.
160 pulsaciones/minuto
El teléfono comenzó a vibrar. Pudo sentirlo en la palma, quemándole como el fuego.
Trastabilló. Perdió pie.
El abismo reclamaba lo que le pertenecía. Su sacrificio no admitía demora.
Era ella, seguro que era ella. Todo había sido una estupidez. Todo se iba a arreglar. Iba a pedirle perdón...
Sintió la fuerza de la gravedad absorviéndole.
No.
¡AHORA NOOOO!
En milésimas de segundo lo vio todo claro, cristalino.
Se había comportado como un bebé. La vida era más importante que una traición. Esa traición podría olvidarse. Ella haría cualquier cosa para que la disculpase.
No estaba dispuesto a caer del cadalso sin luchar.
Se aferró a la esperanza de los que ya no tienen nada que perder.
Tensó sus músculos como los de un atleta.
Arqueó todo su cuerpo hacia atrás en una filigrana casi imposible.
Le arrancó a la suerte una oportunidad. Pataleó en las fauces del abismo y consiguió caer hacia el interior.
Rompió lo poco que quedaba de valla y rodó por la calzada, seguro de sí mismo, sabiéndose a salvo.
Eufórico, levantó la vista.
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160 km/hora
A mitad del Puente de Silva se encontró con el jovencito que rodaba por la carretera.
¿De dónde había salido?
Le miró a los ojos un segundo antes de la colisión.
Dio un volantazo a la derecha con todas sus fuerzas. Clavó el pie en el pedal de freno.
Sintió como la furgoneta, encabritada, pasaba por encima de aquel chico. Casi pudo escuchar como le quebraba las vertebras del cuello.
Antes de poder asimilarlo, se golpeó la cabeza contra el techo mientras el vehículo se despeñaba.
Dicen que, en esos momentos, toda tu vida pasa ante tus ojos.
Comprobó que esa afirmación es gratuita.
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A unos treinta metros del cuerpo inerte del infortunado adolescente, la pantalla de un teléfono móvil parpadeaba anunciando la llegada de un mensaje.
Era una promoción del operador telefónico.
Le regalaban 160 euros gratis en llamadas.
El segundo le alcanzó en el pecho, dándole el tiempo justo para que su agonizante cerebro enviara una última orden a su mano derecha. Esta se cerró firmemente en torno al objeto que había precipitado su muerte. Los guardaespaldas rodearon el cuerpo y se dispusieron a registrarlo. En el jardín reinaba el silencio más absoluto. Habían empleado silenciadores.
Desde el exterior del recinto amurallado, aquella noche no parecía tener nada de particular.
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La visita de don Evaristo Iturralde no dejaba de ser rutinaria. Era, sencillamente, uno de esos clientes de privilegio del banco. Como otros miembros de la antigua oligarquía, cuyas familias habían sabido sobrevivir -en una posición envidiable- a más gobiernos de los que convenía recordar. Incluso en los tiempos de Velasco se las arreglaron para nadar y guardar la ropa. Siempre lo suficientemente cerca del poder como para garantizarse las comisiones y prebendas pertinentes. Siempre lo suficientemente lejos como para poder evitar las salpicaduras de sangre y corrupción que acompañaban cada caída.
Carlos sabía tratar con tiburones como don Evaristo. Su director decía que tenía don de gentes. Él creía que bastaba con ser profesional y educado. Aquellos que habían amasado su fortuna explotando la ineficacia del sistema agradecían, en cambio, su aptitud y diligencia. Una paradoja más en una ciudad repleta de ellas. Los viejos palacios que se alzaban aún orgullosos en la antaño llamada “ciudad jardín” se alternaban con infraviviendas propias de un tugurio. Y esa maldita humedad, esas omnipresentes nubes bajas parecían querer recordar a los ciudadanos su condición de eternos desposeídos, sin más aspiraciones que la de escapar a la miseria, un mes más.
Sin embargo, ni todos sus años de experiencia le habían preparado para entender el extraño ingenio financiero de su esposa. En los escasos tiempos muertos de que disponía a lo largo de su interminable jornada laboral, jugueteaba con el regalo que María le había hecho por su último aniversario. Había transcurrido más de un mes desde entonces y aún no había sido capaz de deducir de dónde había podido ahorrar lo suficiente para comprarle una pluma de oro de auténtico lujo.
No se cansaba de repetirle que le bastaba con su presencia reconfortante para ser feliz. Pero ella siempre encontraba una nueva manera de sorprenderle. Había halagado su minúsculo ego de contable con aquel presente.
Se sabía víctima de la paciente campaña diaria de María en contra de la rutina, del abandono, de la costumbre… Y sabía que, por culpa de ese empecinamiento, no podía evitar amarla.
Entretenido en estas cuestiones estaba cuando don Evaristo se acercó hasta su mesa, rodeado por un nutrido grupo de gorilas que parecían encontrar algún placer malsano en restregarle al resto del mundo su condición de esbirros armados. Carlos atendió de inmediato a su ilustre cliente, sin dejar de reparar en el notable aumento del número de guardaespaldas del señor Iturralde.
- Se ha dado cuenta, ¿verdad? –dijo don Evaristo con voz cansada.
- ¿Perdón? ¿Decía usted don…?
- No he podido evitar percatarme de su sorpresa. –interrumpió Iturralde con afables maneras y una voz susurrante- Sí. Cada día llevo más protección. Son los malditos terrucos. Me envían amenazas desde hace años, pero hoy día están por todas partes. Mientras eran una cuadrilla de cholos de mierda no me preocupé demasiado. Ahora campan a sus anchas por la capital. ¡Imagínese! Mi médico me ha ordenado que deje de leer los diarios. Soy hipertenso y cualquier día sus atrocidades me mandarán al otro barrio sin tocarme siquiera.
- Lo lamento… -dijo Carlos, incapaz de reaccionar ante las confidencias de aquel prepotente. Un engreído, que conocía mejor Miami que cualquiera de los pueblos de la sierra exprimidos en su beneficio, se atrevía a definir la realidad nacional en dos frases y a lamentarse amargamente. Era el colmo del cinismo.
- No se preocupe. Todos tenemos que cargar con nuestra cruz. La suya, como siempre, es explicarme todo este mar de papeles ja, ja, ja…
La leve carcajada sonó grotesca en la mente de Carlos, que optó por volver a su papel de profesional de la banca y fue recuperando aplomo mientras explicaba cada pequeño detalle con infinita paciencia. Al terminar, cedió su flamante pluma a don Evaristo para que procediera a firmar.
¿Cómo era posible que gente así siguiera rigiendo los destinos –más bien desatinos- de todo un país, desde sus fortalezas residenciales? Seguían, tan ufanos como de costumbre, enviando a sus cómplices del momento invitaciones para obscenos “almuerzos de trabajo”, mientras él recorría el jirón de La Unión en busca de un chifa decente donde poder comer rápidamente, antes de regresar al banco.
Conocía de paporreta los motivos. Su estirpe estaba marcada a fuego por aquella genealogía del fracaso que le daba la razón, pero no los dólares suficientes para hacerla valer.
Ensimismado en sus hirientes certezas, apenas pudo reaccionar a tiempo cuando observó que don Evaristo guardaba su pluma en el bolsillo interior de la chaqueta.
- Disculpe, ¿me permite mi pluma? – se atrevió a decir esbozando la sonrisa servil que le ubicaba en la orilla de los perdedores.
- Pero Carlos, ¿tanto trabajo tiene ya que se le ha oscurecido el entendimiento? –esgrimió Iturralde con nada disimulado disgusto- ¿Cree que no reconozco mi propia pluma?
Sintió los ojos del director clavarse en su nuca. En treinta años de trabajo jamás había atraído tanta atención sobre sí mismo. Quedó paralizado en la silla, hundido en el mar de su propia insignificancia, mientras don Evaristo se levantaba y le recomendaba cordialmente que se tomara unas vacaciones.
Ni siquiera fue capaz de acompañarle hasta la puerta como acostumbraba.
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La primera semana no pareció darse cuenta, pero una tarde, pasados quince días desde el incidente, la encontró llorando junto al teléfono del dormitorio y, por absurdo respeto, no se atrevió a cruzar el umbral.
Hablaba, entre sollozos, con su amiga Lucía. Podía reconocer su voz chillona al otro lado de la línea.
- Jamás perdería una cosa así…. Lo conozco demasiado bien… Te digo que ha encontrado a otra. No… No… Mi Carlos jamás dejaría que le robasen un regalo de aniversario… Es mi culpa… No he sabido mantenerme joven. Y él todavía tiene su planta… Seguro que… -no pudo terminar la frase- Ay, Lucy… él es toda mi vida… ¿Qué voy a hacer si no me quiere a su lado...?
Carlos volvió sobre sus pasos como un pulgarcito humillado por su propia sombra. Alcanzó la calle titubeando y vagó durante horas por las calles atestadas. A punto estuvo de ser atropellado por una combi cerca de Sucre. Una mezcla de culpa y vergüenza le hizo arrastrarse hasta Barranco y allí permaneció mientras anochecía. Con el Pacífico como único testigo de su impotencia.
Consideró las opciones posibles.
Hablar con don Evaristo era impensable. Sería su ruina y le convertiría en el hazmerreír de sus compañeros.
Contarle la verdad a María sería aún peor. Reconocer ante aquellos ojos tiernos y profundos su única miseria.
Su pobreza moral.
¿Qué clase de hombre habría dejado que le ocurriera eso?
Sabía Dios los sacrificios que tenía que haber hecho ella para comprar aquella pluma. Con aquel mismo instrumento había desgarrado el corazón de la única persona que aún creía en él.
Llegó a la conclusión de que había una única salida posible. Un único remedio digno en ese mundo de indignidad que había creado a su alrededor. El hedor de su cobardía impregnaba hasta la marea.
Tenía que sacudírselo de encima.
Tomó un taxi hasta La Molina. Conocía la residencia de don Evaristo porque el banco le había enviado allí una mañana en que, convaleciente de una leve gripe, este se había sentido indispuesto para ir directamente a la oficina.
Sabía incluso el camino más corto hasta el despacho y el cajón donde guardaba sus plumas el viejo truhán.
Rodeó la cuadra varias veces antes de encontrar un punto muerto para las cámaras de seguridad.
Se infundió valor recordando la conversación telefónica de María.
Recordó también cuando, con veinte años y todo el futuro por delante, el único futuro que le importaba era el que albergaba aquella sonrisa pícara e inocente, aquellas caderas de chocolate, aquellos hoyuelos sensuales y aniñados.
Tomó aliento.
El mismo que habían compartido cada día durante tres décadas.
Cogió carrerilla.
La misma que había tomado cuando cruzara el umbral de su primera casa, con ella en brazos.
Y saltó el muro.
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La policía tomó declaración a don Evaristo en el mismo jardín de su casa.
Ratificaron que su identificación era correcta.
Un ministro llamó directamente al jefe de policía para solicitar una resolución inmediata del caso.
Los agentes elaboraron un escueto informe confidencial, para uso exclusivamente interno:
<<El sujeto, Carlos Aburto Jara, empleado de banca, no iba armado.
El móvil parecía ser el robo. Aburto Jara conocía la residencia del señor Iturralde por haber estado allí con anterioridad cumpliendo con sus obligaciones profesionales. Sorprendido en el acto, huyó llevando sólo consigo una pluma de oro con la que señaló al personal de seguridad del señor Iturralde. En la oscuridad, estos creyeron que era un arma de fuego y dispararon en lo que parecía ser defensa propia.
Existe todo un dossier de amenazas senderistas contra el señor Iturralde. El error de sus guardaespaldas fue debido a un exceso de celo totalmente comprensible.
Nos hacemos cargo del cuerpo y de su adecuado "tratamiento". Permaneceremos a la espera de que su familia presente denuncia y sea declarado oficialmente "desaparecido".
En atención a la delicada salud del señor Iturralde se archiva el caso y se le repone la pluma robada.>>
Don Evaristo despidió personalmente a los agentes lamentando los inconvenientes causados. Mientras veía a los coches de policía alejarse en silencio, miró de reojo la inscripción que María había hecho grabar sobre el interior del capuchón de la pluma.
La misma inscripción cuya existencia, en su precipitación, había olvidado Carlos.
Se acordaba de haberla leído, sorprendido, la misma tarde del día en que acudió al banco.
Sabía que sólo su orgullo le había impedido devolver la pluma.
Negó con la cabeza repetidas veces, sacudiéndose el peso de la culpa de un "plumazo" (tal expresión le hizo sonreir y alejó definitivamente los fantasmas de su mente). Luego entró en su residencia, regresó a su opulenta cama y ordenó que le trajeran el desayuno.
Desde el interior del dormitorio, aquella mañana no parecía tener nada de particular.
- Levanta un poco más la cadera. Si estuvieras más cachonda no te dolería. ¿Qué te ha dicho? ¿Va todo bien?
- Quiere que vayamos el martes de la semana que viene. Y si tú usaras más a menudo la lengua, estaría más lubricada. Así está mejor. Métemela más adentro. Dijo: “el chico sufre un serio déficit de atención” o algo así.
- Profesores… Siempre metiéndose donde no les llaman. Tu hijo no será una lumbrera, pero no es ningún subnormal. Date la vuelta. Quiero correrme en tu culo.
- No se dice “subnormal”. Es “deficiente mental” o… -ponme un poco más de lubricante en la entrada, ¿quieres?- “retrasado”. Luego dirás “subnormal” con el tutor delante y creerá que somos un par de paletos.
- No pienso ir el próximo martes. Tengo partida.
- ¡Joder Ricardo! ¿Es más importante la partida que tu hijo?
- Ya había quedado y son mis mejores colegas. A José no lo veo desde hace cinco años. Yo no te digo nada cuando vas al teatro con tus amigas. Sigue moviéndote así, eso es. Seguro que no es para tanto. Si se pone muy pesado ya iré la próxima vez, ¿vale? Uuuuf, estoy a punto...
- No te pares... Rómpeme el culo, cabrón. Al final, yo soy la única que se preocupa de Pedro. Podías quedar con José para ir a cenar el viernes.
- Se marcha el miércoles. Por eso adelantamos la partida esta semana. Dale, sácamelo todo.
- ¿Quieres que vayamos a cenar de todos modos?
- Vale, el viernes salgo antes del curro. Me voy a correr ya. No aguanto... más.
- Me encanta sentir tu leche caliente. Descárgate. Muuuuy bien. ¿Vamos al Da Nicola?
- No puedo… aparcar en el centro –tómalaaaa- un viernes… por la noche… Luego las multas las… pago yo.
- No, no la saques aún. Vacíala toda. ¿Vamos a Casa Luis, entonces?
- Sí, sí… me parece bien.
- ¿Qué tal estás? Te noto agotado.
- Es esta puta vida sedentaria que llevo. Debería ir a correr por las mañanas, como el vecino de abajo.
- ¿Tú corriendo? No me hagas reír. Como no sea en un banco rodante... No te levantes todavía. Quiero decirte algo. Mírame a los ojos, para variar.
- Tú dirás.
- Te quiero. Eres lo más maravilloso que me ha pasado en la vida.
-¡Mierda Elena! ¿A qué viene eso ahora? Sabes que me jode que me distraigas cuando hacemos el amor. ¿Eres incapaz de callarte la puta boca por una vez?
- Lo siento, se me ha escapado.
- ¡Ya me has jodido la noche, hostia!
El portazo siguió resonando largo rato en las paredes desnudas del dormitorio.
Sólo podía entrever los ojos de la muchacha que me la ofrecía. Pero bastaba con eso para soliviantar mi entrepierna de modo notable. Dificilmente podía adivinar sus curvas bajo el uniforme. No obstante, mi mente se empecinaba en dotarla de atributos harto sugerentes. Desde que arribara a puerto, la única alegría que le había proporcionado al cuerpo había sido el aire acondicionado del hotel.
Antes de qué pudiera preguntar por el precio de metro y medio de aquella prodigiosa mercancía, Saud me tomó el brazo con inusitada fuerza y me sacó del bazar a trompicones.
- ¿Qué crees que estás haciendo? -le increpé sorprendido.
- No. ¿Qué crees que estás haciendo tú? -replicó con sorna- ¿Has venido a derrochar riales alegremente, como un turista? ¿O piensas pagar en especie, Lawrence de patio?
Su mirada era como un signo de interrogación insondable. Por algún motivo, que no alcancé nunca a comprender, me hacía sentir vergüenza y respeto a la vez.
Souk al-Hareem no es el lugar más apropiado para pasar desapercibido -añadió- Estás aquí para trabajar ¿no?.
De súbito, bajó el volumen de su voz de tal modo que tuve que aproximarme a menos de cinco centímetros de su rostro.
- Se ha confirmado la reunión. Vendrán los dos, tal y cómo estaba previsto.
- ¿En serio? -acerté a decir- No hay noticias en la prensa. Ni siquiera una pequeña reseña.
- Es una visita privada, Pierre. Irán a la sede central de ARAMCO para un oficio religioso.
- ¿Ambos?
- Sí, Abdullah y George, juntitos -dijo mostrando la más cínica de sus sonrisas.
- ¿Qué oficio religioso pueden compartir esos dos? En mitad de la mayor crisis energética de la historia. Esta noticia va a ser un bombazo...
Saud me miró sumamente alarmado.
- Si cuentas lo que vas a ver esta noche no saldrás vivo de Dammam. Serías un fugitivo.
- Ya lo soy, Saud, ya lo soy...
Su cara cambió de color a ojos vistas.
- ¡No te equivoques! Esta vez sería la inteligencia saudí quien te persiguiera. No tendrías la menor oportunidad. Antes de Al-Juma serías un cadáver anónimo más. Y ninguna dependienta te sacaría de la fosa.
- Cierta parte de mi anatomía agradecería el rigor mortis -afirmé impertinente- ¿de qué me sirve estar allí si no lo puedo contar?
- Con el tiempo, puede que esa información llegue a ser publicable. Labor de investigación, ya sabes... Lleva años hacer un artículo decente.
- Me gustaría investigar lo que hay tras esos ojos de los que tan amablemente me has apartado.
- No intentes tomarme el pelo, Defoto. No te pega esa pose sofisticada. Ahora atiende bien. Te haré pasar por un oscuro agregado secundario de la embajada británica. Un insignificante funcionario. ¿Qué tal tu acento? No te vayas a exceder con la afectación, como otras veces.
- Luego, ellos también estan al corriente.
- ¿Los británicos? Por supuesto. Pareces un colegial haciendo esas preguntas.
Se mojó la comisura de los labios con la lengua mientras inspiraba profundamente.
- Esta noche, necesito que pienses con la cabeza que tienes entre los hombros y no con la que te cuelga. No sé cómo puedes ir por ahí, proclamando a los cuatro vientos que eres "el insigne reportero estrella de la prestigiosa publicación <
- ¿Bastardo pomposo? ¿Quién está sonando demasiado británico ahora? Menuda afectación más cursi.
Por toda respuesta, Saud me recordó la hora y el lugar de la cita y se esfumó entre la multitud.
Para ganar seguridad en mí mismo, dirigí mis pasos de nuevo hacia Souk al-Hareem. ¡Al diablo con todo! Aquí nadie me reconocería.
La chica que me había atendido seguía allí. Su destello hería mis ojos como una pequeña gema, oculta entre la arena del desierto.
Seguro que al hablarle de "Hogar Y Cactus" le parecería un cliente mucho más interesante...
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La ceremonia comenzó al anochecer.
Ni siquiera llegaron a presentarme a los invitados de excepción. Aumentaba, por momentos, mi sensación de ser un "testigo incómodo".
Fuera lo que fuera lo que esos dos se traían entre manos, no podía ser nada bueno.
Y yo aquí -pensé- desarmado, presa del sudor frío y tan acojonado que hasta la erección que traía desde que dejé el bazar, ha fenecido sin pena ni gloria.
No había nada ni remotamente excitante en aquella lujosa y sobria estancia sin ventanas. Los dos elegidos por la divinidad rezaban en silencio, con la mirada fijada en una vasija diminuta y profusamente decorada que una especie de sacerdote, inexpresivo y levemente cojo, sostenía sobre sus cabezas.
Mi mente estaba tan adormecida que optó por salirse por la tangente biblíca. Pensé, en ese mismo instante, que, de estar en el lugar de Salomé, yo hubiera pedido esas dos bolas de serrín en una bandeja. No la de un iluminado, tan harto de sustancias psicotrópicas, que era incapaz de mantener la moral suficientemente alta como para resultarle útil a la bailarina más lujuriosa de ese cuento de cuentos.
¡A la mierda la erótica del poder! Yo nunca hubiera tenido ese problema. Tendría las cabezas de estos malnacidos colgadas de la pared y la de Salomé fundiéndose en mi sexo, devorando las pocas creencias que me quedan a lametazos. Aferrándose a mi única certeza. Saciando su saludable gula. Extrayendo mi más eximio tesoro del fondo de la tierra baldía y reseca que cubre todos mis sueños de húmedos oasis.
¿De que vale la diplomacia -esa hipocresía oficial e ilustrada- ante la evidencia de dos cuerpos que se desean, que se aproximan al único cielo verdadero: el de ver la urgencia del placer en las facciones del otro? ¡Chúpate esa, Condolezza!
Una imprudente risita se me escapó cuando mi flujo de pensamientos dio con esa patética rima, tan infantil como política. Saud tensó todo su cuerpo como accionado por un secreto resorte. Pero la cosa no fue a mayores. Estaban todos demasiado absortos en la contemplación de su dios, encerrado en una vasija, como un vulgar efrit pluriempleado que tiene demasiados amos como para complacer a ninguno.
Somos los hombres los que hacemos a los dioses a partir del barro, les insuflamos vida con nuestra verborrea y nuestro fanatismo y luego nos hundimos en las tinieblas de una pataleta existencial cuando se quiebran. Y yo creyendo que mi rima era pueril...
Era el momento más solemne de aquella mascarada triste. Todas las farsas que se toman en serio resultan amargas y esta no podía ser menos, con tan ilustres actores. La vasija fue pasando de mano en mano con reverencial parsimonia.
El oficiante de tan anodina representación pidió que le trajeran telas preciosas con las que cubrir -al término del ritual- el caliz de la desvergüenza, que era lo único que podría unir a los presentes.
Un espigado funcionario árabe me precedió en la lista de premiados. Cuando tuve a dios entre mis manos, intenté echar un vistazo de reojo a lo que contenía aquel idolatrado recipiente.
Entonces la ví. Llevaba las más hermosas telas en sus brazos. Seguía cubierta de arriba a abajo pero sus ojos se cruzaron con los míos y el efecto en mi alma, mortal y pecadora, fue como el de un choque de trenes expreso.
Me reconoció de inmediato y no pudo evitar soltar un breve gemido de alarma. Mi maldita lengua me había perdido una vez más. Que razón tenía Groucho: La lengua es ese órgano sexual que algunos degenerados usan para hablar. Y yo había sido el degenerado más inconsciente que Arabia conociera.
Juro que no lo hice a propósito, ni para distraer la atención de la muchacha.
Se me cayó la vasija de forma totalmente accidental, impregnando el aire de un rancio olor a gasolinera de interiores. Sentí como el odio de los aistentes me taladraba, emponzoñado con el veneno de la intolerancia. Oriente y occidente, juntos y en mi contra.
Sólo se me ocurrió decir:
- ¿Han... considerado ustedes las ven... tajas del politeísmo?
Lo peor es que no pude disimular mi erección.
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La comida no es tan mala como dicen y Saud ha prometido que se armará un escándalo en Occidente en cuanto consiga pasar la información a sus contactos.
Pero lo cierto es que no tengo tiempo para disfrutar de más escándalos a mi costa.
En dos días seré ajusticiado, en mitad de ninguna parte. Lo hará un verdugo cualquiera, que me reducirá a la condición de número por última vez
Y todo por fijarme en una chica en una ceremonia de genocidas, adoradores de un dios que resultó ser una vasija llena de petróleo sin refinar. Me está bien empleada esta muerte tan vulgar. Es condenadamente pertinente.
Las palizas han sido soportables y me han asegurado que se respetará mi último deseo.
He pedido que me desaten las manos media hora antes del final y que me permitan unos minutos de intimidad y onanismo.
Necesito hacerle un último homenaje a mi Salomé de bazar.
Sin duda, era un balance muy completo.
Él hablaba a tanta velocidad que parecía como si, a ratos, le faltara el aire. El estrés era evidente en sus agotadas facciones.
Los ojos parecían salirse de sus órbitas.
Pasaba la lengua con frecuencia por la superficie de los labios, secos y cuarteados.
El sudor recorría su sien sin pudor.
Cuando hubo terminado, se apoyó bruscamente sobre el respaldo de su asiento de cuero y alzó la cabeza por un momento. Luego, como recordando de súbito lo más importante, golpeó el borde de la mesa con su brazo izquierdo.
La secretaria regresó sobre sus pasos.
El dictado aún no había concluído.
- Avise al consejo de administración de que no asistiré a la reunión de las once -le dijo mostrando un rictus de preocupación- Todo lo que he dispuesto deberá estar terminado para esa hora. Una copia de cada documento le será entregada a cada miembro del consejo.
Ella asintió con la cabeza.
- En el tercer cajón de mi archivo hay una carpeta con el perfil de los principales candidatos al puesto. He marcado en rojo los que me parecen más oportunos. Asegúrese de que tengan también una copia de esos currícula.
Se desanudó la corbata tembloroso. Durante un par de minutos permaneció en silencio. Ella temió que, por primera vez, estuviera a punto de perder el control sobre sí mismo.
Pero no fue así.
- Cuando hayan terminado de limpiar el despacho, recoja el sobre marrón que he dejado en mi bandeja de "asuntos personales" y proceda a cumplir las instrucciones que he detallado en los documentos incluídos.
Entonces pareció relajar todos sus músculos. Tan sólo un leve temblor en el mentón denotaba el estado de crispación en que se encontraba.
La miró directamente a los ojos. Luego se aferró al escritorio y dijo:
- ¿Crees que debo avisar a mi familia?
En veintitrés años de trabajo en común jamás la había tuteado.
Se sintió incomoda.
Perturbada incluso.
- ¿Crees que debo avisarles de que no iré a cenar? -insistió.
La secretaria respondió de forma casi automática.
- No es necesario. Ya están más que acostumbrados.
Volvió a recostarse en su asiento, más tranquilo, con la mirada perdida y el gesto ausente.
- Puede retirarse -agregó entre dientes.
Ella musitó una despedida de forma inaudible y salió del despacho.
Podía oirla a través de la sólida puerta de madera noble.
Podía escucharla descolgando el teléfono y tecleando nerviosamente.
Podía sentir como sus peticiones se llevaban a efecto de forma fluída y ordenada.
Poco a poco, el sonido fue alejándose de él. Pero la certeza de que todo se haría según había previsto le tranquilizaba.
- Otro trabajo bien hecho -murmuró, para sí, satisfecho.
Y acto seguido, expìró.
